Browsing Tag

personal

Giróspiti. La casa de Evgiros

Por 10 mayo, 2016 Etiquetas: , , , Comentar (14 Comentarios)

Era el mediodía más tórrido que puedo recordar y las previsiones que se avecinaban no dejaban chispa de esperanza. Una ola de calor asediaba el archipiélago y las calzadas se desleían con su propia calima que emanaba del asfalto licuado; de quedarte inmóvil corrías el peligro de adherirte al pavimento y fundirte lentamente con él, tal que si de arenas movedizas se tratara; sin ninguna posibilidad de ayuda, sin poder pedir auxilio, porque no había ni un alma en la plaza de ese pueblo donde habíamos ido a parar. Las chicharras estaban mudas o moribundas, habían abandonado su estridente salmodia y renunciado a la ilusión inútil que resultaba de batir sus alas para refrescarse con ese aire sofocante. Lo único sensato a esas horas era buscar una sombra trascendente donde amodorrarse y soñar con céfiros frescos y relentes. Nunca antes habíamos pasado por este pueblo; pueblo que te encuentras de esquinazo, cuando crees que ya no puedes encontrar nada más y que de seguir así, por la carretera, el despeñe por un precipicio es inmediato. Pero seguíamos porque se veía Itaca, sumergida en el calor y en un azul marino que se evaporaba hacia el cielo; seguíamos y seguíamos sin pensar en parar, embelesados, como ratones de Hamelín. Fue la primera vez que vi Evgiros.  Porque no la había buscado antes; no es una errata, Evgiros es femenino; porque no viene en los mapas, porque está en el άκρη, en una esquina, y porque al turista, que tiene el tiempo justo, no se le ha perdido nada en esta aldea; porque creo en los hados y porque en esta tierra la realidad y la fábula se confunden con cabezonería.  Evgiros salió a buscarnos.

En la plaza de la iglesia, o la plaza, había un árbol descomunal con un banco y un grifo atornillado a la corteza de su tronco, que murmuraba aguas gélidas. Pero nos embobó el café de suculenta terraza emparrada, con sillas dispuestas en corro, esperando chácharas y tertulias; y con las mesas repletas de botellas abandonadas, como si los clientes hubieran huido repelidos por una lengua de fuego bíblica. Alguna hormiga mirmidona hacía acopio del ágape desatendido. ¡Qué pueblo tan salado! Y las moscas ¿Dónde están las moscas? Muertas.

En la ventana del cafetín había un rotulo de “Se vende”. Ay, si se vende esto que será de nosotros; sin parras, sin tertulias, sin corrillo para dirimir los acontecimientos históricos; desamparados. Y como tales, corrían los sudores por nuestras nucas; corre, corre que me seco, que se me va el último hálito de humedad. Allí, allí hay una fuente, en el árbol. Ese mastodonte de afectuosas ramas que se inclinaban como única oportunidad del superviviente. ¡Qué pueblo tan salado!

Entre las brumas del calor apareció un hombre, que yo diría irreal, porque hacía un minuto no estaba allí, el banco vacío;  porque hacia un buen rato que no se oía un susurro o un pío pío de pájaros; esperaban callados a que dejaran de arderles las plumas; porque con tanto silencio y tanto sigilo no se podía haber plantado allí sin notarlo. Vestía camiseta sport y nos echó  la mirada del “qué buscáis”, el ademán  universal interrogador; cejas altas y cabeza alta, hombros altos.

– Solo mirábamos el café en venta.

– No es el café lo que se vende, si no la casa de al lado

Nos respondió sorprendido de que habláramos griego. Mucho tiempo después me confesó que éramos los primeros turistas con los que charlaba, porque todos le contestaban en inglés y él solía abandonar por aburrimiento la conversación  que derivaba en “por señas”.

– Pues que buenas vistas
– Sí
– Es pequeña
– Sí
– ¿Buscáis casa?
– No
– No exactamente
– ¡Anda! ¿Queee?
– Pues mi primo vende la suya.
– Estupendo
– ¿Dónde?
-¿Qué estás diciendo?
-¿Queréis verla?
-¡No!
-Sííí
-Ahora llamo a mi mujer que traiga las llaves.

Y su mujer se llamaba Sofía y vino con una sonrisa inmensa y con las llaves, claro. Y él se llamaba Giorgos y era el secretario del ayuntamiento; “el secretario” para más señas. Y la casa era de su abuelo; y la casa era muy antigua, y la casa había sobrevivido a no sé cuántos terremotos y no se quintas guerras. Y la casa era fresquita de miedo y se metía en la roca de la montaña. Y se veía el mar y se veía Itaca y se veía a Safo saltar desde los blancos acantilados. Y aunque un gran ciprés tapaba parte de la vista…pues lo cortas… ¿Cómo voy a cortar semejante ciprés? Pues esto es Grecia. Y ves…aunque el acceso es malo pronto van a hacer un δρομος, una calle.¿Cuándo? Pronto

¿Qué puedo más decir? Pues que a los cinco días y tras de hacer todo tipo de papeleos y burocracias ¡nimaginables, de las que salíamos bien parados gracias al ir acompañados y recomendados por el “secretario” nos personábamos ante la notaría  para adquirir la casa.

La notaria hablaba despacito, como concesión a nuestra condición de extranjeros chapurreantes someros del griego; y nosotros tratábamos de comprender cada una de las silabas. Llegó el momento del consabido nombre de pila del padre; al que son muy aficionados los griegos;  estado civil y bla bla,  domicilio bla bla , nacionalidad, bla bla…

 – ¿Fecha en la que contrajeron matrimonio?

Nos miramos el uno al otro y empezamos a contar con los
dedos en vano. No teníamos ni idea. Que desalmados ¿No? Notario, ayudante, secretario, esposa y primo nos miraban absolutamente atónitos.  Pero que raros son los guiris, señor. Para salir del trance me la inventé. Y así conseguimos abandonar  la notaría como flamantes propietarios de una casa de piedra en Evgiros; eso sí para entrar a vivir.
 

 

 
De las historias que van rellenando una vida, son las irracionales las más enriquecedoras.
 

Πες μου όνειρα γλυκά
Ελευθερία
Αρβανιτάκη

Βρισκόμουνα σ’ ένα κελί
όπου όλα τα `χα χτίσει
τις πόρτες, τα παράθυρα
το στρογγυλό φεγγίτη.
Κι έβλεπα πως ζωγράφισα
πάνω σ’ ένα χαρτόνι
ένα σπιτάκι παιδικό
μ’ ένα μικρό μπαλκόνι.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι
Πες μου όνειρα γλυκά.
Με το μολύβι χτύπαγα
κλαίγοντας να μ’ ανοίξουν
την πόρτα τη ζωγραφιστή
έξω να μη μ’ αφήσουν.
Ώσπου η πόρτα σκίστηκε
και είδα από μια τρυπούλα
μια ίδια μικροσκοπική
χτισμένη καμαρούλα.
Τις νύχτες δεν κοιμάμαι
Ξυπνάω και φοβάμαι

Πες μου όνειρα γλυκά.

Cuéntame dulces sueños
Eleftheria
Arvanitaki

 

Estaba en
una celda
Donde todo
había sido construido por mi
Las puertas,
las ventanas,
El tragaluz redondo
Y vi como yo dibujaba
en una caja
de cartón
una casa de juguete
con un
pequeño balcón
Por las noches
no duermo
Me despierto con miedo
Cuéntame
dulces cuentos
Golpeaba con
mi lápiz
llorando para
que abrieran la puerta,
la dibujada en el cartón,
y que no me
dejaran fuera
Hasta que la
puerta se rompió
Y a través
del agujero vi
la misma y también minúscula

habitación.

Share:

Días nublados

Por 7 septiembre, 2014 Etiquetas: , Comentar (21 Comentarios)
El tiempo, lento e infinito, va sacando a la luz cuanto está oculto y oculta las cosas manifiestas.
 Ayante. Sofocles.

Llegó el 1 de septiembre, momento de felicitación en Grecia donde siempre se desean buenos augurios los primeros días de mes y que sirvan para todos los 30 días siguientes ¡Καλό μήνα! Llegó el primero de septiembre y con el ¡Buen mes! Se abrieron los firmamentos y se precipitó el universo. Llovió de manera apasionada y furibunda hasta que el cielo se quedó blanco y seco, consumido de llover, ahíto de nubes negras. Yo me lo tomé como un “iros todos al carajo y dejadme en paz, humanos simplones y majaderos”.

La flota de chárter permanecía en puerto y sus tripulantes, cual ánimas en penitencia, se desplazaban de una taberna a otra cubiertos con las capuchas llamativas de sus trajes de agua, esperando que esa bóveda oscura y sombría dejara de rugir y les permitiera, aunque solo fuera uno; el baño en las tranquilas aguas jónicas. Que iba a ser de ellos si Poseidón no les daba un respiro, ni podían desplegar sus velas blancas para surcar los mares de Homero ¿Vuelta a Liverpool, Frankfurt, Madrid o Roma y ya está? ¿Y las fotos de aguas cristalinas en Facebook? La naturaleza es insensible y no tiene conmiseración con el turista.

Esas aguas torrenciales me vinieron al pelo, porque necesitaba de purificaciones y baldeo; el agosto te va dejando un poso amargo que hay limpiar si quieres mantenerte erguido sobre cubierta. Serán los años que ocultan las cosas manifiestas o será el tiempo, que deja a la luz las cosas más escondidas, pero el caso es que el verano cada día es más impertinente y acabas atándote al mástil para no oír las voces agrias de las sirenas diciendo:

Sal de aquí; tú ya no perteneces a este mundo.

Gente buena. Gentes malas. Amigos que se marcharon sin hacer ruido y cuando más falta hacían. Tengo la sensación que mueren más indios que vaqueros; o es que los primeros lo hacen en elegante silencio; como Ra. Todo se lo llevó el verano.

El turismo masivo es una fuente de contaminación y de insatisfacción enorme. Cuando aparece el primer extranjero todos son sonrisas y parabienes. Su llegada es motivo de alegría y comadreo:

– ¿Cómo es tu país? Siéntate a comer con nosotros. Toma esta fruta para el viaje…

El segundo acto empieza cuando se siente la necesidad de que nos visiten para poder vivir de ellos y abandonar las cabras y los cultivos, el campo duro y embrutecido. Luego viene lo de que preciso muchos visitantes más para pagar todo lo que he invertido en atraerlos. El desenlace final es la constatación de que tu vida ha cambiado tanto que ya ni la reconoces, los turistas vienen pero tú sigues siendo igual de pobre que antaño con las cabras, pero ahora las añoras e imaginas sus balidos y sus fantasmas pastando en el lugar donde se yerguen unos apartamentos. Es entonces cuando comienzas a culpar al turista, como la fuente de todos tus males.

Ilustrativo es el ejemplo de la Señora Spiridula que ofrecía sonrisas y  duchas en su casa a los navegantes a cambio de la voluntad. Con el tiempo reformó su baño y puso más duchas. Ahora cobra 3 € por cliente, te recibe con cara de enterrador y si a los 10 minutos no has acabado comienza a aporrear la puerta. Supongo que si persistes en tu demora es capaz de cortar el agua y dejarte enjabonado esperando el juicio final.

Los turistas también tienen parte de culpa, por supuesto, porque buscan exotismo pero en el fondo quieren sentirse como en casa:

– ¿Cómo es que no puedo pagar con visa en esta taberna colgada del pico de una montaña de esta isla desierta que solo se llega en barca? Pues habrase visto.

Y se dedican a la fotografía indiscriminada que vuela inmediatamente al ciberespacio o a los comentarios irreflexivos e ignorantes en cualquier foro que pillen, sobre lo que comen y beben.

– La verdad es que para comer, como en España (cambiar por cualquier otro país) no se come en ningún lado.

He visto gente que solo se sienta en una taberna si está recomendada en el Tripadvisor. Aunque la de al lado sea más bonita, más barata y te la haya sugerido un habitante local.

En fin, que esta lluvia abundante y ahogapenas en el fondo es una catarsis estival que da paso a la dulzura de unas islas con los arboles encendidos de gotas que cuelgan de sus hojas, como mocos después del berrinche. Dejaremos que el reloj inexorable saque a la luz lo que quiera o pueda. Mientras tanto me deleito con esta canción de  Βασίλης Τσιτσάνης,  Vasilis Tsisanis, que me encoge el corazón desde el primer día que la oí, tanto como los días nublados.

Συννεφιασμένη Κυριακή,
μοιάζεις με την καρδιά μου
που έχει πάντα συννεφιά,
Χριστέ και Παναγιά μου.

Όταν σε βλέπω βροχερή,
στιγμή δεν ησυχάζω.
μαύρη μου κάνεις τη ζωή,
και βαριαναστενάζω.

Είσαι μια μέρα σαν κι αυτή,
που ‘χασα την χαρά μου.
συννεφιασμένη Κυριακή,
ματώνεις την καρδιά μου

Domingo nublado,
Te pareces a mi corazón
Que siempre tiene nubes,
Dios mio y la Virgen.

Cuando te veo lluvioso,
No estoy tranquila.
Me oscureces la vida,
Y suspiro con pesar.

En un día como este,
Perdí mi alegría.
Domingo nublado,
Desangras mi corazón.

Share:

Ra, mi amigo

Por 5 junio, 2014 Etiquetas: Comentar (9 Comentarios)
¿Qué es un amigo? No está claro. Hay personas que viven mucho tiempo  a nuestro lado y que tras riñas y reencuentros siguen cerca, aunque todos hayamos cambiado tanto que apenas nos reconozcamos. Amigos. Otras pasan, como la brisa suave veraniega que sopla fuerte durante el día por el calentón solar, para morir con la noche cuando la tierra se enfría con prisas. Hay quien no llega al céfiro. Ni al suspiro. Hay quien no deja huella, ni marca, ni sombra. Hay amigos tan grandes que nunca ven ponerse el sol. Hay amigos con los que nunca pudimos hablar.

El caso de este amigo es digno de considerar, pues en tantas ocasiones hemos estado cerca el uno del otro que sería demostrable matemáticamente la imposibilidad de no haber intercambiado palabra; pero así es. La primera vez que nos cruzamos debió ser en Atenas, en el aeropuerto viejo, aquel que daba vértigo cuando el avión se posaba entre los edificios del barrio de Glifada; daba tiempo de saludar a la gente en sus balcones ¡Fantástico este aeropuerto! Según tomabas la primera bocanada de aire al atravesar la puerta de llegadas ya estabas rodeado de vida y de tabernas. En pleno corazón del Pireo. Los turistas decían:

– Que cutre! Parece una estación de autobuses

Que lerdos. Yo he pasado noches magnificas esperando el avión de la mañana; y como es normal en Grecia, a nadie le importaba si habías extendido el saco de dormir frente a la antesala de la capilla o en los sofás de la franquicia de turno. El personal del aeropuerto saltaba por encima de tu cadáver sin inmutarse.

Esa fue la primera vez que lo sentí. Me crucé con alguien, que… ¡Ostras! Casi ni cuenta, pero me dejó un aroma de jazmines estivales que me desvelaron la noche. Me olvidé.

Yo creo que la segunda vez fue en Delos. Tuvimos el privilegio de visitar la isla sagrada cuando todavía se podía atracar en su puerto, allí estuvo La Maga Azul, como una diosa en el muelle marmóreo; una mañana radiante de la embrionaria primavera de marzo. Estábamos tan felices de pasear solos por el recinto arqueológico que casi nos ofendimos de ver a una pareja que deambulaba más allá de las casas nobles, solo figuras recortadas sobre el azul egeo; Delos como nadie para esto. Olía a lavanda y aliaga.

Más tarde fue en Rodas; un hombre solo y pensativo que dejaba regueros de espliego y albahaca. Y luego, quizás me confundo, creo que el siguiente encuentro fue de bruces con una pareja y dos niños; debía se Creta. Como en otras ocasiones sentí un  extraño perfume de flores recién cortadas cuando nos cruzábamos.

Una tarde  en una exposición en Coruña, Marta,  la fotógrafa que exhibía su trabajo me hablo de él:

– No lo conozco, le dije

– Yo tampoco, pero me cae genial.

Que tendrá este hombre para hacer tantos amigos en la distancia. Será su esencia de claveles reventones, de azahares de semanas santísimas; esos olores te dejan atontada incluso para un rato. Como aquella vez que salí a tirar la basura, entre hedores inconfesables noté un efluvio agradable. O esa manifestación anticlerical, donde estuvimos estoy segura cerca muy cerca. Gladiolos; siempre fueron muy de la iglesia.

Para no despistar confesaré que hemos intercambiado opiniones, músicas, fotografías y citas literarias, pero siempre ha sido en un mundo virtual, poblado de ceros, unos y  bits intermitentes, a través de cables o antenas; pero nunca, nunca nos hemos visto en persona. Pero ¿Por qué creo que es mi amigo, sin conocerle? Es difícil de explicar, el otro día pensaba que el misterio estaba en que …cuando el sufre yo también paso las noches en blanco.

Un abrazo, Ras ; el plural no es una errata, que conste. Un abrazo de gardenias.

Share:

Girospiti. Ventanas azules.

Por 9 febrero, 2014 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
¿Acaso era posible imaginar la casa sin ventanas azules? Quizás un griego se podría permitir otra cosa, en su tierra azul, acostumbrados como están a encontrarse el mar en cada esquina o  esperándoles al final de la calle; el mar cotidiano que salpica los miradores y se filtra por los vanos de las puertas, el mar frecuente, el que te persigue aunque te escondas; el que deja impreso en tu retina, al cerrar los ojos, una fotografía de inagotables azules, añiles, índigos, cobaltos, garzos, zarcos, azulados, azulinos y azulones. Un griego podría pintar sus ventanas rojas, verdes o granates; yo no.

Foto de mi amigo Luis

Compré la pintura y me dirigí hacia la casa. Por aquel entonces, había yo adquirido un rico e interesantísimo vocabulario; sabía decir en griego: ladrillo, cemento, yeso, enlucir, tabique, suelo, tubería, desagüe, canaleta, interruptor conmutado… y una infinidad de palabras más relacionadas con el mundo de la construcción. Me faltaba aprender sus declinaciones y podría escribir un tratado; el de la desesperación.

Como nadie hacía nada y todos echaban las culpas al prójimo decidí convocarlos aquel día a todos juntos; al hidraulikós; el fontanero; al electrológos; el electricista; y al mástoras ;en griego se llama maestro al albañil, lo cual resulta muchas veces un eufemismo, palabra griega por cierto.

Los tres fumaban nerviosos sin mirarse y se notaba cierta electricidad en el ambiente. Solo hizo falta un suave soplo, que movió la higuera, que agitó una rama, que desprendió un higo, que dio a caer en el suelo, espachurrándose con un plof, para que se iniciara la riña. Como una pelea de gatos, se oían soplidos  y bufidos por las tres bandas. Había resuelto armarme de paciencia, pero no pude cumplir el propósito por mucho rato; cuando el electrológos estaba a punto de clavarle un enchufe al mastoras, que a su vez se quejaba del retraso del hidraulikós, que no dejaba lugar a dudas, en sus improperios, que era culpa del electrológos, grité:

– πρέπει να συνεργαστούμε (debemos cooperar)

Lo dije por la más mera intención de hacer algo, sin esperar el más mínimo efecto, pero asombrosamente se hizo el silencio profundo, como si hubiera hablado la mismísima Atenea. Ahí llegó mi martirio, pues como soy mortal, no sabía por dónde salir. Proseguí a la aventura acordándome de ciertos famosos diálogos:

Yo: Empezaremos por ti, queridísimo electrológos. Si te parece bien.

Electrológos: Me parece.

Yo: ¿No es verdad que si no acabas las rozas de la electricidad no puede acabar nuestro mástoras?

Electrológos: Así es. Pero también es cierto que si no acaba su trabajo el hidraulikós yo no puedo entrar a hacer el mío.

Yo: En cuanto a ti, mí estimado hidraulikós. ¿Qué te impide acabar tu trabajo para que pueda entrar nuestro amigo el electrológos?

Hidraulikós: Me lo impide el mástoras que no acaba el tabique y yo no puedo pasar las tuberías ni hacer el desagüe.

Yo: ¿Y no parece acertada solución el que os turnarais en vuestros oficios y que colaborarais los unos con los otros?

Hidraulikós: En verdad, así es.

Yo: ¿Crees tú, mástoras, que si colaboráis acabaríais antes la obra?

Mástoras: Así es.

Yo: Y si acabáis antes, ¿cobraríais antes o después?

Mástoras: Antes.

Yo: Y… ¿no os interesa cobrar?

Mástoras: Si claro.

Yo: Y para cobrar es necesario que construyas las cosas como en los planos que te di ¿No?

Mástoras: Si.

Yo: ¿Y tú me dijiste que sabias leer planos?

Mástoras: Si, te lo dije.

Yo: Y en este plano ¿Dónde están las ventanas?

Mástoras: Aquí.

Yo: ¿y dónde están las ventanas en la realidad?

Mástoras: Aquí.

Yo: ¿Y no es verdad que no se parecen en nada?

Mástoras: Es que en Grecia no se hacen las ventanas de ese tamaño; el que ha dibujado el plano no sabe nada.

Yo: ¿Y no es bien cierto que el que ha dibujado el plano es a la vez el que paga?

Mástoras: Si, así es, creo.

Yo: ¿Y no hemos quedado que si no acabas no cobras?

Mástoras: Si, así has dicho antes.

Yo: Pues ya estás haciendo las ventanas como toca, para que yo las pinte, para que el electricista acabe y el fontanero también y yo os pueda pagar.

Y como yo no soy Sócrates, sino una vulgar impostora, me alejé de allí corriendo antes de que me condenaran a muerte. Volví al cabo de una semana y todo seguía igual.

Las ventanas azules

Τα μπλε παράθυρα. 
Μάρκος Βαμβακάρης

Γυρνούσα και σ’ αντίκριζα
ψηλά στα παραθύρια
και τότε τα καμάρωνα
τα δυο σου μαύρα φρύδια

Επήγες σ’ άλλη γειτονιά
και εγώ τρελός γυρίζω
με παίρνει το παράπονο
κι ανώφελα δακρύζω

Πού να γυρίσω να σε βρω
στη γη στην οικουμένη
που έφυγες και μ’ άφησες
με την καρδιά καμμένη

Ξενοίκιασε το σπίτι σου
και έλα στη γειτονιά σου
όπως και πριν να σε θωρώ
απ’ τα παράθυρά σου.

Las ventanas
azules
Markos
Bambakaris
Me giré para mirar de frente
arriba a las ventanas
y entonces pude contemplar
tus negras cejas

Te fuiste a otro barrio
Y me vuelvo loco
Me atrapa la pena
Y lloro desconsoladamente

Donde iré para encontrarte
Por el mundo, por la Ecúmene
Te fuiste y me dejaste
con el corazón calcinado

Se alquiló tu casa
Voy a tu vecindario
Como antes para verte
A través de las ventanas

Share: