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Poesía

La taberna purpura

Por 28 noviembre, 2014 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)
Noto que el corazón me pica y hace tic-tac. Cuando eso ocurre quiere decir que me ha llegado una nueva historia para escribir, porque no se hacerlo de otra manera, si no hay víscera o entrañas mis manos se quedan quietas. Pero luego llega el cerebro y protesta y quiere su parte, el sustento que lo mantiene alerta, el deseo de algo diferente, aprender cosas nuevas cada día. Aprender para seguir vivo. Y entre uno y otro extraigo fragmentos descosidos que necesitarían un buen sastre para darles forma. Ahí está la aventura que a veces me cuesta tanto de hilvanar. Tic-tac. Finikunda.

A Finikunda hubiéramos ido de todos modos pues aunque en el puerto no se cabe, se puede fondear en la parte de fuera del muelle, siempre que haga buen tiempo. Es un puerto del Peloponeso agradable, de pocas calles paralelas al mar que da gusto pasear. En cada callejón, el azul omnipresente sorprende hasta el más despistado.

Pero el Tic-tac no fue el azul, que aunque sobresalta, es costumbre griega conocida, sino que la taquicardia empezó con el nombre del pueblo; Finikunda. Hasta 1930 el puerto se llamaba “Taberna”, evidentemente porque había un establecimiento de este tipo que congregaba a los pescadores y hombres de mar entre lances y mareas. Me dio un vuelco arrítmico porque uno de mis placeres es el descubrimiento de tabernas. No vale cualquiera y es difícil la elección. En Grecia la mayoría suelen ser sitios agradables, con buenas vistas o un ambiente especial, con una cocina modesta pero de buenos ingredientes, todas suelen ser buenas. Pero para exclamar lo de ¡He descubierto una taberna! hace falta un ¿Qué sé yo? Esa emoción que te recorre la piel, ese suspense de lo que nos depara la noche. ¿Exagero? Ni hablar. No se trata de comilonas sino de algo mucho más sutil.  Hay una gran labor de investigación por mi parte para descubrir esos sitios singulares y cuando encuentro una buena taberna me quedo pegada, dejo que los acontecimientos me desvelen que fue lo que me llevó hasta ella y normalmente, acabo aprendiendo muchas cosas. El corazón y el cerebro, lo racional e irracional.

El caso es que en 1930, el ayuntamiento, decidió devolver el nombre  arcaico del pueblo, porque era tal la proliferación de tabernas que la denominación “Taberna” era polémica y poco descriptiva. Así que resolvieron llamarle Finikunda, de Λιμήν φαινικούς, tierra de la púrpura, según Pausanias.

Hubo un tiempo, que aún perdura en ciertas curias, en el que un ciudadano de Roma demostraba su nobleza por el número de prendas purpúreas que vistiera. Aunque fuera un fleco, un estandarte, un pendón en la bandera, toda una vida de legiones e intrigas dedicadas a adquirir ese privilegio. El púrpura teñía los barcos de Cesar y las velas de Cleopatra, se utilizaba sobre los oídos enfermos, en los tapices de La Ciudad, en la pintura Bizantina, en los pergaminos de los emperadores, en su exclusivo calzado rojo. Tanto es así que hay una frase muy famosa de la emperatriz Teodosia negándose a abandonar Constantinopla por los conflictos con las diversas facciones políticas, en la que hace alusión al color distintivo de los emperadores:

“… el trono es un glorioso sepulcro y la púrpura el mejor sudario”

La historia se repite y da vueltas sobre sí misma. Somos capaces de sobrepreciar cosas, aparentemente sin mucho valor, y empeñar nuestra vida en poseerlas por encima del empeño de los demás. El oro, la plata, brillantes, la seda, el té, el petróleo…el color púrpura.

El colorante se extraía de una glándula de una caracola marina, Murex brandaris, que en su versión comestible, aquí en España, la conocemos como Cañailla. El líquido primordial es blanco pero adquiere color al exponerse al sol. En el calor del día, las tonalidades cambian rápidamente en una sucesión de verdes; claro, oscuro y un intenso mar,  en unos minutos más  aparece un brillante rojo que virará a granate. Si esperamos unas horas y suponiendo que el sol todavía brille, tomará un matiz purpura intenso. Más tarde el astro poderoso ya no puede hacer nada más, se esconde y queda el tinte para deleite de quien lo posea. Los maestros en el arte de la púrpura fueron los fenicios, que curiosamente se llaman en griego φοινικικός, finikikós.

Realmente sorprende a quien se le pudo ocurrir un proceso tan complicado para teñir. Se atribuye el descubrimiento, como tantas otras curiosidades, a Heracles. Un día su perro mordió una concha de murex y su boca se tornó morada. Heracles ansiaba a la  hermosa ninfa Tiro, que al ver al perro deseó de inmediato una prenda teñida del mismo color. Heracles no tuvo más remedio que acceder a ello y nació el famoso tinte púrpura de Tiro.

Este puerto fue en su momento, como los fenicios de Tiro o Sidón, un acumulo de caparazones calcáreos, vacíos, inertes, conchas selectas, con protuberancias diseñadas para protegerse del enemigo que nunca la evolución pensó llegara a ser tan poderoso como un humano. Un molusco con mala suerte, con la maldición de tener en sus entrañas un líquido precioso que daba color a la vanidad. Se necesitaba un kilogramo de glándulas para proporcionar 60 gramos de tinte, y se necesitaban 200 gramos para teñir un kilogramo de lana. Y para obtener un kilogramo de glándulas, se necesitaban, en vivo, unos 50.000 ejemplares. Esta playa por la que paseamos tiene con seguridad granos de esas conchas. Así es como mi mente se picó y se puso a indagar.

Siempre que me enfrento a estos enigmas me pongo a buscar canciones que me aclaren las cosas, pero todo lo contrario; traducir canciones me hace sudar gotas de sangre, púrpura o no, me conduce por laberintos que no imaginaba y me dejan con interrogantes mayores de difícil solución.  Cuando encontré esta que pongo a continuación  estuve a punto de abandonarla, pero como soy cabezota seguí con ella y acabé pidiendo auxilio a mi profesora de griego, Isabel García,  más lista que el hambre y tan cabezota como yo, que se emperró en desvelar el enigma. El placer sano de descifrar la poesía y dejarte con más preguntas que cuando empezaste.

Habla probablemente de Constantino Paleólogos, dinastía procedente de Mistrás. Fue el último emperador del imperio Romano y murió en la defensa de Constantinopla, momento triste y crucial de la historia de los griegos. Dado el estado en el que dejaron su cuerpo, solo pudo ser reconocido gracias las sandalias púrpura que llevaba en ese momento, calzado que sólo los emperadores bizantinos tenían derecho a usar.

Τα πορφυρά καμπάγια
Στίχοι: Θοδωρής Γκόνης
Μουσική: Πέτρος Ταμπούρης

Τα πορφυρά καμπάγια του
τα ρόδια του Μυστρά
τα πήραν και τα κρύψανε
στον κόρφο τους βαθιά.

Τα πορφυρά σαντάλια του
με τους χρυσούς αετούς
με το σταυρό δεμένα
και με τους ουρανούς.

Γι`αυτό κι όταν ραγίζουνε
το χώμα κοκκινίζουνε
και τα μικρά παιδιά
την Πόλη ζωγραφίζουνε
και την Αγιά Σοφιά.

Las sandalias púrpura
Letra: Teodoro Gonis
Musica: Petros Tambouris

Las sandalias púrpura suyas
Las granadas de Mistrás
Las cogieron y las escondieron
En lo más profundo de su seno.

Sus sandalias púrpuras
Con las águilas de oro
Ligadas a la cruz
y a los cielos.

Por ello cuando se quiebran
la tierra tiñen de rojo
y los niños pequeños
pintan la Ciudad (Estambul)
y Santa Sofía.

Ahora cuando mire una pintura bizantina siempre buscare al portador de las sandalias rojas o las ropas púrpuras. Ha valido la pena el esfuerzo. Mi razón se queda satisfecha. A estas alturas seguro que hay quien piensa que me he trastornado, pero ha sido solo la intriga de un nombre.

Tic-tac, tic-tac…. ¿Y la taberna?

Tranquilo, no me olvido; pero continuaré con ella en otro momento, pues si sigo hoy acabaré preguntándome por qué las granadas de Mistrás son tan importantes y cogieron las sandalias y por qué tiñen la tierra de rojo y los niños pintan… ¡Uf! Buenas noches.

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Tras la pista de Kaváfis

Por 17 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)
No era un sitio bonito Kyparissia;  al menos visto desde el puerto, porque la
ciudad sube por la montaña hasta acabar en un castro y posiblemente la parte de
arriba debía tener mejor aspecto. Pero en la costa se había inclinado por el desarrollo
cochinista de apartamentos de playa de medio pelo y casas de semirricos y
medioenterados que gustan de la horterada y de la estridencia, solo por parecer
diferentes. Lo más sorprendente es que el puerto parecía abandonado, muy ajeno
a otros muelles griegos donde la gente acude al atardecer a dar paseos de ida y
vuelta, innumerables, mientras voltean el kombolori y discuten de las cosas más
diversas; del futbol y de la troika. Las dársenas y los paseos marítimos
siempre suelen ser lugares aseados, con cafés, kioscos, mazorcas asadas, globos
de colores y gran vocerío. En este, cuatro gatos vivían a sus anchas en los
contenedores y escampaban la basura por el varadero dejándolo todo sucio y
maloliente. Nosotros habíamos parado allí solo por una noche, como escala
técnica, cuando subíamos a Lefkada; de esto hace ya un año. Cuando a la mañana
siguiente me acerqué a comprar el pan a una pequeña tienda cercana al puerto,
la señora tendera, muy amable y charlatana, como con pena y asumiendo el pecado
de un sitio tan desastrado me dijo:
– ¿Ya os vais? ¿No subís al castro? No sabes lo que os
perdéis. Es un lugar precioso, con el pueblo viejo, con las fuentes, con el
Jónico entero que se ve tan azul que duelen los ojos. Y podréis vislumbrar
Pilos y Zankynthos.- Y dale que te pego con la cháchara, pasaba el tiempo y no
me dejaba irme; yo estaba encantada, tengo que reconocerlo; y ella se
entusiasmaba cada vez más con los asombros que aguardaban en Kyparissia y no
debíamos desaprovechar.-  Las mejores
puestas de sol que se puedan imaginar.
¡Ay, lo dijo! ¡Hλιοβασίλεμα!
Ahí me llegó al corazón. El griego, que tiene palabras tan gráficas como sus raíces,
las que se hunden en la profundidad de los tiempos, cuando no se sabía cómo
interpretar las cosas más comunes que se podían observar, me recordaba esta
joya; To ηλιοβασίλεμα, el ocaso,
el “reinado del sol”. Una palabra curiosa que elige la puesta del astro para
coronarlo, no precisamente cuando culmina en el cielo, a la mayor altura y pasa
por nuestro meridiano, que sería lo más lógico; es posible que intente hacer
patente la aureola de rojos y morados que deja el sol cuando se hunde en el
horizonte, o quizás a la hermosura de su despedida, digna de un rey. Pero en
todo caso es una descripción, con solo un término, insuperable.
– Tan bonitas son las puestas de sol en Kyparissia– Ella
seguía sin descanso- que hasta un gran poeta griego dejó escrito unos versos.- Frunció
el ceño y elevo los ojos al cielo como queriendo iluminarse.- Ah sí, ya me
acuerdo: ¡Kaváfis!
– ¿Kaváfis?
– Sí, él mismo, lo escribió cuando estuvo una temporada
viviendo y admirando los atardeceres sobre el mar.
Ha pasado un año y no he dejado de buscar el dichoso poema
del ilustre alejandrino. ¿Kaváfis en Kyparissia? O en Arcadia, como
antiguamente se le llamó también. Busqué por títulos, en la web, me leí hasta
el último libro que tenía a mi alcance. Nada de nada, no fui capaz de encontrar
el poema de Kavafis dedicado a ese pueblo tan bello con esas puestas de sol tan
espectaculares. Y con ese puerto tan feo. Así que como era de esperar volvimos
a Kyparissia en busca de esas estrofas perdidas del poeta, era ya cuestión de
honor.
La verdad es que cuando subes un poco la cuesta encuentras
una ciudad alegre y en plena ebullición, con una plaza grande y terrazas bajo
la sombra de imponentes árboles, con una zona de mercado y comercio donde la
gente se saluda feliz y se sienta en las mesas de cafés improvisados a
pontificar sobre el mundo; Grecia pura. Habían puesto una noria y a sus pies,
infinidad de puestos de suvlakis que generaban una densa nube negra y aromática
subiendo al compás de los carricoches de la atracción; entre los chillidos de
la chiquillería en lo alto y el humo que los envolvía a todos te dejaban la
sensación de ser almas purgando en el infierno. Todavía se hacía más grande el
misterio del puerto vacío; en cuanto enfilabas la cuesta que baja hasta el mar…
la nada.
Yo en todas partes preguntaba y todos se encogían de hombros
¿Kaváfis? Llegó un momento que abandoné la murga y decidí olvidarme del tema;
el viaje genera infinidad de pistas para seguir, eso está bien, aunque a veces
estas son falsas y hay que saber renunciar a tiempo. Pero nos paramos en una
librería a punto de cerrar, donde el librero, muy contento, ponía música a todo
volumen y exclamaba ¡Otra vez! cuando alguna canción era de su agrado. Así que
le pregunté. Y el preguntó ¿Kaváfis? Y yo le dije lo del Hλιοβασίλεμα.
– ¡Ah no! Ese no es Kaváfis si no Palamás. Vivió un tiempo
aquí en casa de su hermano.
Kostis Palamás es un poeta griego de principios del siglo
pasado que le dio letra al himno olímpico y fue uno de los defensores de la
implantación del griego demótico que se habla hoy en Grecia, frente al idioma
katharevusa, mucho más ilustrado y arcaico.
El librero corrió a una estantería y bajó un libro. Comenzó
a buscar con rapidez entre sus páginas y señaló con el dedo.
– Aquí esta.
No me quedó otra solución que comprar el libro; una obra de
gran interés que versaba sobre la creación de los diversos barrios de Kyparissia
a lo largo de los tiempos; ciento y pico hojas en griego y con pocas
ilustraciones. Y como no me había fijado en la página que señalaba el librero
he tenido que leerlo todo hasta llegar al poema de Palamás. Hoy ha llegado el
día señalado y por fin lo encontré, escondido entre sus líneas soporíferas, que
emoción. Pero no era una estrofa si no una frase:
En Kyparissia me encontré viviendo unos pocos meses con el
disfrute, cada ocaso, de las hermosas puestas de sol que me ofrecía y todavía
me veo en un jardín, es decir, en un trozo de tierra baldía, donde he
descubierto un granado en flor. Con el creé el poema “La flor del granado”
.
¿Eso era todo? Me entraron ganas de estrangular a alguien.
Pero visto de otra forma, solo me quedan dos cosas que
hacer: o buscar el poema de Palamás, o buscar en Kyparissia las fuentes que
describía el libro en cada uno de los barrios, con sus inscripciones y con sus
historias; menester para próximas visitas. Si sigo tirando del hilo seguro que llego hasta Kaváfis, si no es
que he llegado ya, pues fue precisamente él quien convirtió en credo lo de que
el viaje tiene que ser largo para que tus ojos se detengan en puertos que antes
ignoraban y que si cuando llegas al destino, lo encuentras pobre… pues eso, que
te compres cualquier libro que te abra la mente a nuevas aventuras.  O puede que nos sea más próximo lo de: “Caminante
no hay camino, se hace camino al andar”.
Kyparissia en una fotografía de wikipedia

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Borges e Itaca

Por 8 diciembre, 2011 Etiquetas: Comentar (No Comentarios)
Arte poética
Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río;
saber que nos perdemos en el río
y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.
también es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.
J.L.Borges
DSCN0153.jpg.Borges e Itaca
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