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Mil viajes a Itaca

Por 11 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , , Comentar (9 Comentarios)
Tengo una relación sentimental con Itaca un tanto complicada; amores y desafectos, ternuras y resentimientos que se alternan como un hilván de hilo brillante para aparecer y desaparecer de tanto en cuando. Supongo que al conocerla desde hace tiempo, como en todos los idilios hay momentos de euforia y de bajón. Una música oída muchas veces genera la rutina de la sucesión esperada de notas que no te deja disfrutar de la melodía como la primera vez.

Es obvio que esta isla atrae sin conocerla; por su nombre legendario como ningún otro, por su pasado fantaseado en cuentos y poemas que no dejamos de imaginar o releer. Pero además es que su forma de huella de gigante torpe, o de paramecio demacrado, según la mires, abre el apetito de la fantasía. Saber lo que existe al fondo de una enorme bahía oculta por los requiebros de la tierra excita a cualquier navegante. Y lo que encuentras, cuando lo descubres, merece las penas de mil viajes.

Pero si hay algo que me gustaba de la Itaca que hace tiempo conocí era su concierto vespertino. La armonía polifónica era digna de oírse; entonado con solo dos notas y otras dos silabas, comenzaba en un punto lejano y se iba extendiendo por toda la ladera hasta llegar al puerto. Un lamento de His y Hos desacompasados, con contrapunto, entremezclados con algún staccato de hi-hi-hi que acababa en un pianísimo para resurgir otra vez en otra esquina de la gran bahía de Vathi. Llegaba el culmen final enloquecedor, cuando el estruendo de burros se hacía casi imposible, para caer en el silencio que daba paso a la noche. Me encantaba ese canto gregoriano de asnos rebeldes itacenses. En concreto había uno que lo ataban donde acababa el pueblo, cercano a una zapatería de pantuflas de cuadros, que gritaba como ninguno. A veces me atreví a acariciarle y él con los ojos bizcos rebuscaba entre mis bolsas, si las llevaba, y se quedaba quieto y paciente mientras que yo le decía unas palabras amables, aunque eran puros monólogos. Con el tiempo, la orquesta fue menguando y solo quedaba algún solista. El de la zapatería se esfumó y en su lugar apareció una moto. Y yo, no sé muy bien porque no me alcanza la empatía de ponerme a hablar con una moto, pero pasé de largo. Algo se rompió en mi corazón cuando la llegada a Vathi nunca volvió a ser acompañada de esa actuación musicovocal entrañable. La verdad es que en verano ya no se distinguirían bien los borricos cantores de los insultos poliglotas de los patrones de los barcos de recreo que amarran en el puerto, mientras el viento feroz del ocaso entorpece sus maniobras. Qué cantidad de bestiadas puedes llegar a oír en todos los idiomas en una tarde estival. Pero, ves, no me siento motivada a hablar con estos pero si con los otros; es curioso.

La segunda cosa que no tardaron en cerrar fue la discoteca. No es que yo sea bailonga y por eso me lamento, pero es que ésta me gustaba porque se llamaba como solo se puede llamar un tugurio de cortinas de terciopelo rojo: “El pulpo”. Tenía una bola redonda de espejitos que giraba, como gira el mundo, como girábamos nosotros, desbocados, dislocados, desmelenados, con bebidas y dientes fluorescentes, en un sitio donde nadie podía reconocerte. Bueno, con el tiempo esto último dejo de ser verdad y cuando aparecía acompañada de amigos fascinados con la bola y los chupitos de fósforo que servían en la barra, los chavales del pueblo se frotaban las manos y acudían en tropel ante la expectativa de un intercambio cultural con extranjeros/as. Un día ya no estaba; estaban construyendo un supermercado en su lugar. Está claro que no iban a estar esperándonos todo el año mirando la bola, pero sentí una punzada de dolor al distinguir los espejuelos desmembrados en un contenedor de desescombro.

He desarrollado una especie de alergia al cambio de los sitios donde me sentí a gusto alguna vez, una hipersensibilidad a que la modernidad y el turismo lleguen como una plaga exterminadora y arrasen con todo; e intento desafectarme de los lugares amados antes de que esto ocurra. A veces creo que me paso de profilaxis, pero es que no me gusta sufrir.  A Itaca, por suerte o por desgracia, he tenido que volver mil veces por motivos de trabajo y la verdad es que los amigos y conocidos que vas haciendo con el transcurso de los años te hacen ver las cosas de diferente forma, te agarran con lazos y te dicen que te dejes de hipocondrías y que no te alejes demasiado. Pero fundamentalmente sabía que si quería reconciliarme con ella tendría que venir fuera de temporada; bien acabado el verano; en otoño, en esa época en que todo comienza su letargo pero aún no ha alcanzado el sueño invernal.

Había encontrado una antigua fotografía de la entrada al puerto de Vathi en la que se veía a un hombre llegando al puerto en un pequeño velero con los brazos abiertos y la emoción de la ansiada arribada en su cara. La instantánea, ya amarillenta, era de los años 50 y llamó mi atención por varios motivos. Primero porque era un griego que había cruzado el Atlántico norte a vela en una pequeña embarcación de 8 metros sin motor, lo que era un hito desconocido para mí, pero fundamentalmente porque el paisaje que aparecía tras sus brazos era exactamente igual al que yo contemplaba en el presente; las mismas montañas vacías. Sorprendente. Y yo una exagerada fatalista. El caso es que el épico viaje está relatado en un libro escrito por el mismo navegante, Sabbas Yeorgiu, y encabezado por la siguiente frase:
 «….εσύ που είχες την καλοσύνη & την υπομονή να διαβάσεις αυτό το βιβλίο, πήγαινε στη θάλασσα, αν δεν έχεις πάει ακόμη. Θα λυτρωθείς. Ανάμεσα ουρανού και θάλασσας το μυαλό σου θα λαμπικάρει. Θα νοιώσεις ελεύθερος. Πήγαινε…..»

“…tú que tienes la amabilidad y la paciencia de leer este libro, vete al mar, si no lo has hecho todavía. Te redimirás. Entre el cielo y el mar tu mente se depurará y te sentirás libre. Vete…

Desgraciadamente solo se hizo una edición limitada y el libro es por el momento difícil de conseguir. Pero el dueño de la tienda donde encontré la fotografía desencadenante de mi curiosidad  me dijo que si le daba tiempo me lo fotocopiaría. Tiempo. Desde entonces cada vez que paso por Itaca me asomo a su establecimiento con la ilusión de que el tiempo haya sido suficiente. Pero esto es Grecia y como tal cualquier espera requiere de mucho estoicismo. Pasaron los meses con una letanía de:

– Lo siento, no he tenido un minuto. – Dijo.
– Vale- Dije.
– Mañana me pongo.-Dijo
– Estupendo.-Dije.
– ¿Podrías venir la semana que viene? -Dijo
– Sí, claro.- Dije
– Cuando acabe agosto lo tengo fijo.- Dijo
– Mira, en Octubre, antes de volver a España, cuando ya estés más libre, me pasaré por aquí y si quieres lo fotocopio yo misma.- Respondí ya como un ultimátum.
– Una idea excelente. En octubre.- Dijo.

Y volví en octubre pero estaba de vacaciones en Patrás. Esta vez no dijo nada pero me prometió por teléfono y por no sé cuántas cosas y ascendientes suyos que me lo enviaba por correo. Todavía miro el buzón con inocencia.

De todas formas, los días pasados en octubre en la isla, mientras localizaba a Mr Tiempo infinito, dejaron en mí la ternura de un amor recuperado. Al acabar el verano es como si recogieran el escenario de un teatrillo callejero  o las sillas de una procesión y todos regresaran a sus quehaceres comunes. Los aperitivos al sol, los cafés repletos durante los partidos, las salidas a pescar y las tertulias de plaza. Parecía increíble que unos días atrás solo hubiera navegantes rugidores de polos coloridos. Me senté a contemplar el sol sobre el agua inquieta y abrí los brazos emulando al individuo de la fotografía. Idéntica isla, idéntico paisaje al que vio ese hombre hace 65 años. Todo permanecía en su sitio. Alguien se acercó por detrás con sigilo.

– Hola Ana ¿Cuándo has llegado?
– ¡Vassilis! ¡Qué sorpresa! Llegué ayer desde el Egeo. ¿Y tú? ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, vengo de tocar la trompeta, vuelvo a ensayar con la banda ¿Nos vemos esta noche en la taberna?
– Hoy no, Vassilis, dale recuerdos a Harula. Hoy debemos comernos un pescado que cogimos ayer y si no se estropeará.
– Ay, ni hablar ¡Os lo cocino yo! ¿Cómo no vas a venir esta noche a mi taberna? Esta noche tú pones el pescado y al resto os invito yo para celebrar que ya ha pasado la vorágine.

Qué cosas tiene la vida. Según escribía esta entrada y ya a punto de presionar el botón de publicar, hace una hora, he recibido un correo de una editorial de Atenas, de las muchas a las que escribí, diciéndome que me mandan el libro. Así que ya tengo un interesante trabajo por delante.

ΙΘΑΚΗ – Στίχοι μουσική – ΝΙΚΟΣ ΠΑΠΑΚΩΣΤΑΣ 

Βροντά κι αστράφτει ο βοριάς
μέσα απ’ τα ξάρτια μου φυσάει λυσσασμένα.
Κι εγώ στη μέση αφρισμένου ωκεανού
για την Ιθάκη μου αρμενίζω απελπισμένα.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι
μέσα στου χρόνου το απέραντο κενό
μ’ ένα κουπί και με τρελό καραβοκύρη
τους Λαιστρυγόνες και τους Κύκλωπες να βρω.

Το δρόμο που `χω κάνει θα σου δείξω
 μήπως και βρεις κι εσύ το γυρισμό.
Από του Άτλαντα την άκρη ως την Αυλίδα
 κι από το νησί της Κίρκης ως εδώ.

Αχ να ξανάρχιζα ατελείωτο ταξίδι…



Itaka. Letra y música de Nikos Papakostas


Truena y relampaguea el viento del norte
entre mi jarcia sopla furioso
y yo en medio de un océano de espuma
hacia la Itaca mía navego desesperada

Para recomenzar un viaje interminable
dentro de un infinito vacío del tiempo
con un remo y un loco capitán
los Lestrigones y los Cíclopes encontrar.

El camino que he recorrido te lo mostraré
quizas encuentres tu el regreso
desde los confines del Atlas hasta la Aulide
y desde la isla de Circe hasta aquí.

Para recomenzar un viaje interminable…



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La isla cuentacuentos

Por 6 septiembre, 2015 Etiquetas: , , Comentar (12 Comentarios)
Trizonia es una isla chismosa, siempre que pasamos por ella me cuchichea historietas y cotilleos al oído para que no pase de largo y le preste la atención merecida por otras islas de más renombre, me invita a que aguarde la noche para oír el canto de los grillos, των τριζονιών,  de donde dicen proviene su nombre. A mí me gusta escucharla y bañarme en sus playas negras, o en sus playas doradas, o en la arena roja de Agios Nikolaos, el pequeño islote que cierra su bahía, con el sol de la tarde. Las olas que llegan a la costa hacen brillar sus arenas con mil matices de sangre y salen a la luz unos pequeños guijarros verdes como esmeraldas, especialmente puestos allí para llamar la atención y que te quedes un rato sentada en la orilla amasando un tesoro.

Foto de mi amiga María

Trizonia fue un lazareto durante la dominación turca hasta que en 1821 pasó a manos de Alí Pachá. El ancestro de toda su actual población fue el Señor Stamatogianis, un griego que se trasladó a vivir a la isla junto con los pocos pastores que mantenían aquí sus rebaños. Debió de ser muy prolífico el tal Stamatogianis ya que Trizonia llego a  tener 100 familias en 1928. Se volvió a despoblar en la década de los 40 debido a la hambruna y la emigración y hoy apenas quedan 30 habitantes autóctonos en invierno; la isla se mantiene con el turismo que recibe en verano, con los olivos y las viñas que sobreviven y con unos pocos navegantes que recalan con sus barcos en espera de mejores vientos en su tránsito del Jónico al Egeo y viceversa. La isla queda unida al continente; distante apenas 500 metros;  por tres barquitas que van y vienen sin descanso trayendo turistas, llevando pescado, llevando turistas, trayendo pan; una línea que mantienen los propios habitantes y sospecho que sin ninguna subvención estatal, de esa forma tan autogestionaria que tienen los griegos para sobrevivir a su orografía y a sus perpetuos malos tiempos.

Cuando Onassis decidió comprarse una isla como su rival Niarkos, dicen que eligió Trizonia. Allí se le veía llegar muchas veces con su yate, el Cristina, o con su helicóptero, para parlamentar con los propietarios de las tierras, pero hubo una resistencia popular, el magnate desistió y lo intentó con  Skorpios, donde solo habitaban cabras; un poco más fácil convencerlas. Son duros estos grillos cantores. En la misma Agios Nikolaos un cartel advierte de que el islote pertenece a una familia desde tiempos inmemoriales y que se prohíbe pernoctar en ella. Apenas una casa en ruinas, que seguro antaño vivió tiempos de esplendor y una iglesia blanquísima y azulísima dan el toque de color a la arena roja y a los pinos apretados que se inclinan hacia el este dejando bien claro cuáles son los vientos dominantes. Todo absolutamente inmaculado.

La situación de Trizonia, a la entrada del golfo de Corinto, y la seguridad de su puerto natural siempre la hizo muy popular entre la náutica de recreo. La historia de Lizzie y el antiguo Yatch club de Trizonia, de final un poco triste, ya la he contado en otra ocasión; podéis leerla aquí. Pero nadie se explica muy bien qué sentido tuvo la construcción de una marina desproporcionada en esta isla pequeña hace ya más de 15 años. En ninguna cabeza bien pensante cabía la idea de que alguien quisiera dejar su barco en una isla a la que solo se accede en una barca y cuyas comunicaciones con Atenas son más difíciles que el viaje de Jasón y los argonautas. Pero el pelotazo es el pelotazo y a los habitantes se les vendió que sería su prosperidad. La obra nunca se terminó y hoy, abandonada, permanece en un limbo legal en el que nadie la puede explotar. Los muelles se han ido llenando de barcos que la gente deja o deserta y que por supuesto no crean la más mínima riqueza. Cuentan que un día, hace más de 7 años, llegó una familia alemana en su velero, amarró, se bajaron con sus maletas y nunca más se les ha vuelto a ver. Hay incluso un barco hundido en medio de la dársena, impidiendo el paso, y hasta que se solucionen los problemas reglamentarios de propiedad nadie en el pueblo lo puede tocar. Me sabe mal decirlo pero a mí me produce sosiego verlo siempre ahí, viaje tras viaje, con sus mástiles saliendo del agua como las velas de una tarta de cumpleaños, siempre el mismo, con una quietud y una ilusión de que las cosas no cambian con los años; sobre todo para aquellos que venimos de países donde cuando vuelves es irreconocible hasta la puerta de tu casa.

Veo llegar la barquita por la mañana repleta de familias con niños cargados de cubitos y flotadores. La chiquillería se sube al techo de la barca y dan unos brincos que deben de estar atronando al patrón, pero nadie se inmuta, todos se alegran en la playa al verlos llegar y hacen gestos con las manos. ¡Qué felicidad! En mi país ya hubiera llegado la benemérita del mar que, por su seguridad, claro, les estaría poniendo una buena papeleta por llevar a los niños sueltos ¿Y dónde está el jefe de máquinas? Es obligatorio. Tiene usted caducado el curso de operador del sistema mundial de socorro y seguridad en el mar ¿Y el certificado de desratización? ¿Dónde está la taquilla para expedir los billetes? ¿Cómo? ¿Qué no tiene? ¿Y los aseos para minusválidos? ¿Y el botiquín contra picaduras de animales ponzoñosos? Ajá, conque no lleva usted pasarela de desembarque homologada e instalada por un instalador competente; ya veo, ya veo…Dejeme ver su titulo, si es tan amable.

Trizonia siempre fue de alguna forma el inicio de mis viajes.

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Los barberos de Koroni

Por 22 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)
Koroni es el pueblo que se puede esperar, en el Peloponeso, cuando te enteras de que tiene una fortaleza casi tan grande como su casco urbano. Koroni es además un nombre determinista y descriptivo que te prepara para ver coronas y castillos. Verás coronas y castillos.

Es un puerto al que recurrimos con frecuencia cuando pasamos por el sur de Mesenia, el dedo pulgar de la tierra de Pélope. Si le llamamos puerto seríamos generosos pues tan solo un espigón abriga de los vientos del sur; aunque cuando sopla el siroco las olas saltan por la escollera, indiferentes a muelles u obstáculos; e incluso con buen tiempo la resaca es considerable y los barcos permanecen alejados del muelle dejándose ir y venir con amarras largas y elásticas para evitar los socollazos. Sale ganando Koroni, porque la vista sobre el pueblo es limpia y sin distracciones, cuando llegas por el mar; las casas de colores moderados y teja descolorida por la frecuente lluvia, se reúnen en filas dando el aspecto de un gran teatro repleto de espectadores discretos. El castro, como una corona viene a darle el punto final del que hablaba.

De Koroni me gustan sobre todo dos cosas: las barcas que venden pescado y los barberos. Con la calma matutina se acercan los caiques al muelle a vender la captura de la noche. Cada uno tiene su mostrador metálico fijo en el que exponen su mercancía; sacan una balanza de platillos abollados que brincan y tintinean con el regateo y el tira y afloja; las pesas deformes e injustas hacen kilos de tres cuartos a tal rapidez que no da tiempo a la interjección, pero siempre te regalan el puñadito final para que te vayas satisfecho. Esta vez compramos koutsumouras, un pescado afín al salmonete pero de linaje más  humilde, aunque el aroma al freírlo es tan intenso como el de sus primos de sangre azul. Creo que se corresponde con nuestro “salmonete de fango” pero no sé qué tipo de fango será el que le da un sabor intenso.

Las barberías me interesan más que los peces y no sé por qué extraña razón en Koroni hay bastantes. Esos cilindros de rallas azules y rojas dando vueltas me dejan pasmada y me dibujan en la memoria las bacinillas metálicas, el chic-chac de las tijeras, el olor a colonia barata y aquellos señores simpáticos, charlatanes, de camisolas blancas abotonadas en un hombro, con un peine saliendo del bolsillo, que se inclinaban sobre sus clientes para dejarlos hechos un pincel y perfumados; salían todos dándose golpecitos en la mejilla. El dejà vú de los dulces sueños que uno siempre quiere volver a soñar me lo servía en bandeja el aroma de potingues y crecepelos junto con las orlas giratorias, me hipnotizaron. Este país, con frecuencia, tiene el poder de transportarme a entrañables fantasías.

Una de las barberías se llamaba la tijera de oro, haciendo un juego con unas tijeras abiertas y la X de χρυσό, toda una hazaña en diseño de logotipos. Me trajo a la memoria un cuento que inventé de pequeña sobre una modistilla que tenía unas tijeras de oro y un dedal de plata.

La chica tenía el don de trabajar muy rápido y provocar la modorra de sus clientes con el ir y venir de las tijeras doradas y el dedal plateado; mientras dormían cosía y cuando despertaban tenía listo el traje encargado. El resultado era como un guante y no solo eso, si no que en cuanto se vestían se convertían en personas elegantes y atractivas, fueran como fueran antes. La fama de la costurera voló como el polvo y llego a los oídos de una señora muy rica y muy fea que le hizo varios encargos. Cada vestido que le cosía era más primoroso y le sentaba mejor, los admiradores se agrupaban en su puerta para verla pasar. Como siempre, los malos del cuento tienen que ser mezquinos y egoístas, así que la falsamente hermosa señora encerró a la muchacha en un castillo para que solo confeccionara para ella. La historia tenía diversos desenlaces dependiendo de mi estado de ánimo y del público; desde el romántico y apuesto muchacho que veía los reflejos dorados salir por el ventanuco y la salvaba, hasta el más cruento clavar de tijeras afiladas en el corazón de la malvada. O bien se quedaba en suspenso porque creo que prefiero los cuentos sin final y cada uno que invente según sus gustos.

Debía llevar un rato obnubilada frente al cartel porqué me di cuenta que todos miraban hacia afuera y que el peluquero ponía cara de preguntar ¿que desean? Yo no podía entrar y sentarme en la butaca porque el establecimiento era exclusivo para caballeros y Jesús no accedía, aunque yo insistía, a afeitarse la barba que lleva desde que nació, así que le pedí disculpas al señor y abandonamos su puerta para seguir con el paseo.

Cuando a menudo recibo correos de desconocidos pidiéndome consejos y recomendaciones para navegar en Grecia; algunos sin presentación, ni un simple “por favor”, no sé qué responder ¿Les invito a que conozcan las barberías de Koroni? Cómo poder recomendarles nada, si no los conozco, ni siquiera sé lo que sueñan por las noches.

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Tras la pista de Kaváfis

Por 17 septiembre, 2014 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)
No era un sitio bonito Kyparissia;  al menos visto desde el puerto, porque la
ciudad sube por la montaña hasta acabar en un castro y posiblemente la parte de
arriba debía tener mejor aspecto. Pero en la costa se había inclinado por el desarrollo
cochinista de apartamentos de playa de medio pelo y casas de semirricos y
medioenterados que gustan de la horterada y de la estridencia, solo por parecer
diferentes. Lo más sorprendente es que el puerto parecía abandonado, muy ajeno
a otros muelles griegos donde la gente acude al atardecer a dar paseos de ida y
vuelta, innumerables, mientras voltean el kombolori y discuten de las cosas más
diversas; del futbol y de la troika. Las dársenas y los paseos marítimos
siempre suelen ser lugares aseados, con cafés, kioscos, mazorcas asadas, globos
de colores y gran vocerío. En este, cuatro gatos vivían a sus anchas en los
contenedores y escampaban la basura por el varadero dejándolo todo sucio y
maloliente. Nosotros habíamos parado allí solo por una noche, como escala
técnica, cuando subíamos a Lefkada; de esto hace ya un año. Cuando a la mañana
siguiente me acerqué a comprar el pan a una pequeña tienda cercana al puerto,
la señora tendera, muy amable y charlatana, como con pena y asumiendo el pecado
de un sitio tan desastrado me dijo:
– ¿Ya os vais? ¿No subís al castro? No sabes lo que os
perdéis. Es un lugar precioso, con el pueblo viejo, con las fuentes, con el
Jónico entero que se ve tan azul que duelen los ojos. Y podréis vislumbrar
Pilos y Zankynthos.- Y dale que te pego con la cháchara, pasaba el tiempo y no
me dejaba irme; yo estaba encantada, tengo que reconocerlo; y ella se
entusiasmaba cada vez más con los asombros que aguardaban en Kyparissia y no
debíamos desaprovechar.-  Las mejores
puestas de sol que se puedan imaginar.
¡Ay, lo dijo! ¡Hλιοβασίλεμα!
Ahí me llegó al corazón. El griego, que tiene palabras tan gráficas como sus raíces,
las que se hunden en la profundidad de los tiempos, cuando no se sabía cómo
interpretar las cosas más comunes que se podían observar, me recordaba esta
joya; To ηλιοβασίλεμα, el ocaso,
el “reinado del sol”. Una palabra curiosa que elige la puesta del astro para
coronarlo, no precisamente cuando culmina en el cielo, a la mayor altura y pasa
por nuestro meridiano, que sería lo más lógico; es posible que intente hacer
patente la aureola de rojos y morados que deja el sol cuando se hunde en el
horizonte, o quizás a la hermosura de su despedida, digna de un rey. Pero en
todo caso es una descripción, con solo un término, insuperable.
– Tan bonitas son las puestas de sol en Kyparissia– Ella
seguía sin descanso- que hasta un gran poeta griego dejó escrito unos versos.- Frunció
el ceño y elevo los ojos al cielo como queriendo iluminarse.- Ah sí, ya me
acuerdo: ¡Kaváfis!
– ¿Kaváfis?
– Sí, él mismo, lo escribió cuando estuvo una temporada
viviendo y admirando los atardeceres sobre el mar.
Ha pasado un año y no he dejado de buscar el dichoso poema
del ilustre alejandrino. ¿Kaváfis en Kyparissia? O en Arcadia, como
antiguamente se le llamó también. Busqué por títulos, en la web, me leí hasta
el último libro que tenía a mi alcance. Nada de nada, no fui capaz de encontrar
el poema de Kavafis dedicado a ese pueblo tan bello con esas puestas de sol tan
espectaculares. Y con ese puerto tan feo. Así que como era de esperar volvimos
a Kyparissia en busca de esas estrofas perdidas del poeta, era ya cuestión de
honor.
La verdad es que cuando subes un poco la cuesta encuentras
una ciudad alegre y en plena ebullición, con una plaza grande y terrazas bajo
la sombra de imponentes árboles, con una zona de mercado y comercio donde la
gente se saluda feliz y se sienta en las mesas de cafés improvisados a
pontificar sobre el mundo; Grecia pura. Habían puesto una noria y a sus pies,
infinidad de puestos de suvlakis que generaban una densa nube negra y aromática
subiendo al compás de los carricoches de la atracción; entre los chillidos de
la chiquillería en lo alto y el humo que los envolvía a todos te dejaban la
sensación de ser almas purgando en el infierno. Todavía se hacía más grande el
misterio del puerto vacío; en cuanto enfilabas la cuesta que baja hasta el mar…
la nada.
Yo en todas partes preguntaba y todos se encogían de hombros
¿Kaváfis? Llegó un momento que abandoné la murga y decidí olvidarme del tema;
el viaje genera infinidad de pistas para seguir, eso está bien, aunque a veces
estas son falsas y hay que saber renunciar a tiempo. Pero nos paramos en una
librería a punto de cerrar, donde el librero, muy contento, ponía música a todo
volumen y exclamaba ¡Otra vez! cuando alguna canción era de su agrado. Así que
le pregunté. Y el preguntó ¿Kaváfis? Y yo le dije lo del Hλιοβασίλεμα.
– ¡Ah no! Ese no es Kaváfis si no Palamás. Vivió un tiempo
aquí en casa de su hermano.
Kostis Palamás es un poeta griego de principios del siglo
pasado que le dio letra al himno olímpico y fue uno de los defensores de la
implantación del griego demótico que se habla hoy en Grecia, frente al idioma
katharevusa, mucho más ilustrado y arcaico.
El librero corrió a una estantería y bajó un libro. Comenzó
a buscar con rapidez entre sus páginas y señaló con el dedo.
– Aquí esta.
No me quedó otra solución que comprar el libro; una obra de
gran interés que versaba sobre la creación de los diversos barrios de Kyparissia
a lo largo de los tiempos; ciento y pico hojas en griego y con pocas
ilustraciones. Y como no me había fijado en la página que señalaba el librero
he tenido que leerlo todo hasta llegar al poema de Palamás. Hoy ha llegado el
día señalado y por fin lo encontré, escondido entre sus líneas soporíferas, que
emoción. Pero no era una estrofa si no una frase:
En Kyparissia me encontré viviendo unos pocos meses con el
disfrute, cada ocaso, de las hermosas puestas de sol que me ofrecía y todavía
me veo en un jardín, es decir, en un trozo de tierra baldía, donde he
descubierto un granado en flor. Con el creé el poema “La flor del granado”
.
¿Eso era todo? Me entraron ganas de estrangular a alguien.
Pero visto de otra forma, solo me quedan dos cosas que
hacer: o buscar el poema de Palamás, o buscar en Kyparissia las fuentes que
describía el libro en cada uno de los barrios, con sus inscripciones y con sus
historias; menester para próximas visitas. Si sigo tirando del hilo seguro que llego hasta Kaváfis, si no es
que he llegado ya, pues fue precisamente él quien convirtió en credo lo de que
el viaje tiene que ser largo para que tus ojos se detengan en puertos que antes
ignoraban y que si cuando llegas al destino, lo encuentras pobre… pues eso, que
te compres cualquier libro que te abra la mente a nuevas aventuras.  O puede que nos sea más próximo lo de: “Caminante
no hay camino, se hace camino al andar”.
Kyparissia en una fotografía de wikipedia

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