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Tradiciones

Flores en el mar

Por 4 noviembre, 2014 Etiquetas: , Comentar (11 Comentarios)
Recién abiertas las puertas de la marina entraba yo con el coche para dar las prácticas del fin de semana. Una mujer pasó a mi lado como un soplo, apretando un ramo de margaritas entre las manos. Se notaba que tenía prisa y que elegía esas horas tempranas de un sábado porque recelaba de la presencia de las pocas personas que estábamos allí en ese momento. Se cruzaron nuestros ojos; me vio y la vi. Ninguna dijo ni pío, pero esas miradas no necesitan palabras para intercambiar información. Yo sabía que es lo que había venido a hacer esa mañana soleada. Ella supo que no era su enemiga. Durante la eternidad de un segundo dudó en decir algo; dudé en hacer algo por ella. Pero todo pasó como el viento y reanudamos nuestros caminos.

Los fines de semana se llena la bocana del puerto de flores; principalmente rosas, normalmente blancas. Nadie suele caer en el detalle, ni pregunta y por lo tanto no digo nada, pero me impresionan.  Son flores tristes que arrojan personas muy afligidas a las que nunca llegas a ver. Cuando sales, las rosas están ya ahí, como si hubieran germinado, crecido en el muelle y la resaca las hubiera arrancado de su raíz con cortes limpios. La gente las tira a escondidas, como se tiran las basuras y las vergüenzas; pero solo son flores. Este sábado 1 de Noviembre, navegábamos en un espejo pintado de colores, como un tapiz.

Echar las cenizas al mar es un rito muy antiguo, pero hoy está prohibido por el convenio MARPOL, un conjunto de normativas internacionales para prevenir la contaminación del mar. Las cenizas contaminan, según el convenio, y también las flores, pero no los pétalos o las flores sin tallo. Esta normativa se puede leer de muchas formas, incluida la edición de papel de fumar que tanto agrada a las autoridades españolas. Por esa fina lectura, en este país, está prohibido arrojar las cenizas de tus seres queridos al mar, a no ser que lo hagas a 3 millas de la costa y en una embarcación autorizada para este tipo de actividades, so pena de grave infracción. Hay empresas que organizan sentidos funerales en el mar, con sacerdotes, marineros de guantes blancos y capitanes uniformados que consuelan a los presentes mientras se entona la salve marinera. Previo pago, claro.

El que no puede acceder a estas emotivas despedidas se deshace de los restos como puede, y lo más cercano al infinito mar, insondable e inmortal, es el malecón del puerto. Allí se acercan los desconsolados amantes, los tristes familiares, los amigos fieles, al extremo del muelle con la vana ilusión de que esos capullos de rosas viajarán muy lejos, emulando al ser querido en su tránsito hacia la otra orilla. Pero si eres pobre y sin suerte, y si ese día sopla viento de fuera, con el contradique que impide la salida de las aguas y las olas que crean reflujo en la entrada, las flores siempre vuelven al punto de partida. Regueros de colores se extienden con las corrientes, transitan, se esparcen y arriban hasta el fondo de la dársena donde amarran los grandes yates de lujo. Flores de muertos humildes entre el fasto de los megayates. Tapones de champan que van a caer al mar entre hermosas rosas a la deriva. Los vivos siempre seguimos a lo nuestro.

Esas flores difuntas flotan con una tristeza incomparable, dando pequeños saltitos con las olas de las embarcaciones que salen y entran, mientras sus propietarios las miran alejarse con los ojos empañados. Muchas acaban trituradas por las hélices y se descomponen en pequeños pétalos. Eso ya sí que cumple MARPOL.

Pasé al lado de una rosa roja cuidadosamente introducida en una botella de grueso vidrio, tapada y sellada, que flotaba dando vueltas en el antepuerto y que nunca llegaría a cruzar el mar, ni llegar a ninguna remota ribera, ni nadie la encontraría tras años de vagar por las aguas. Su final sería indefectiblemente el muelle de enfrente. Mire hacia arriba pero no vi a nadie a quien pedirle permiso para llevarla mar adentro.

El último grito en cenizas consiste en que nos fabriquen un brillante con los restos amados a base de extraer el carbono que queda tras la combustión. El resultado es un diamante de un tono muy azulado. EL precio de llevar a nuestros muertos en forma de pendientes o sortijas es elevado; desde unos 4,500 € hasta unos 36,000 €, según sean los quilates y el número de gemas. Los “tanojoyeros” incluyen un servicio muy personal y elaboran un perfil psicológico de los familiares para atenderles de la forma más genuina posible.

Vanitas vanitatis. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

 

Cuando ya amarrábamos me encontré a las humildes margaritas sobrenadando en torno al pantalán. Había comenzado la oxidación de sus hojas que se reblandecían y el blanco de sus pétalos amarilleaba ya a esas horas. No lo pude evitar, salí corriendo de allí para que no me vieran. Me puse a llorar con un desconsuelo imaginado. Nunca sabré exactamente el porqué.

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Barcos y barcas

Por 3 marzo, 2014 Etiquetas: , , Comentar (19 Comentarios)
¿A que alguna vez os habéis preguntado si los barcos son masculinos o femeninos? ¿Por qué son los buques o las naves? ¿Qué es un barco y qué es una barca? No intento entrar en controversias feministas, no me interesa, es más me aburre, pero hago estas reflexiones por escrito para poner en claro mis ideas.

Lo primero que viene a la cabeza es el tamaño; uf siempre con lo mismo;  grandes ellos y pequeñas ellas. Pero es totalmente erróneo, pues en veleros diminutos se han hecho grandes navegaciones y por otro lado también hay barcas enormes y hasta barcazas. Lo segundo que se me ocurre es la capacidad de viajar grandes distancias y tener un espacio donde vivir bajo cubierta. Tampoco este punto está del todo claro, porque los ligeros balandros de competición no tienen ninguna habitabilidad y se consideran barcos. Posiblemente el hecho de llevar mástil y velas le asciende de categoría, como la sangre azul, y si los desarboláramos quedarían degradados de inmediato. Así que por un palito de diferencia, como el que cambia de la o a la a que escriben los párvulos, tiene una importancia crucial.

Un barco tiene derecho a múltiples nombres nobles y evocadores: goletas, bergantines, pailebotes, bricbarcas, fragatas, arrastreros, atuneros, cerqueros  o portaviones. Pero la a de una barca a penas aspira a convertirse en –ita o –aza, o lo que es peor, rebajada a esquife, bote o patacha, por no envilecerla más, cómo patera desolada. Aunque hoy en día, en las revistas, también codician al glamour de ser lanchas veloces con rubias impensables de largas melenas voladas, alguna esperanza les queda.

Pero si hay un lugar donde una barca alcanza solemnidad y trascendencia es en Grecia. Una visita no es completa si no se acerca uno a un puerto de “barculas”, lindas, en fila, bailando al compás de las salidas y entradas de barcos de más importancia y enseñando sus proas descaradas con el emblema esculpido de su nombre; María, Katerina, Los dos hermanos, San Nicolás… Es todo un espectáculo y hasta la más modesta atrae al paseante por la fidelidad de su existencia. Si no las has visto, no has visto nada.

Hace ya años, estuvimos amarrados en Spetses frente a un astillero artesanal de barcas de madera. El nombre nunca lo podré olvidar: Basilis Delimitros. El maestro nos entretenía cepillando hermosos tablones enterizos y transformarlos en rodas y quillas poderosas en las que articulaba con precisión cuadernas y varengas para construir esqueletos prehistóricos.

Como desembarcábamos por su taller, a través de serrines, gubias y formones, con ese aroma emocionante que tiene la madera recién cepillada, podíamos observar la delicada metamorfosis de sus criaturas.

Tenía un gato rubio que atendía por Leónidas al que más de una vez estuvimos a punto de pisar porque se camuflaba entre las virutas, dejando a lo sumo asomar un bigote. Cuando Basilis terminaba una unidad, como un Gepeto con su hijo muñeco, le cincelaba un pez en la amura; y doy mi palabra de que cobraba vida. Lo más turbador es que posiblemente las naves aqueas que se fabricaron para viajar hacia Troya salían de un artista semejante. 
Una gran intuición la mía, ya que algún tiempo después leí que en este mismo astillero, el maestro Delimitros había construido una replica del Argos, para Tim Severin, el aventurero-historiador que reprodujo el viaje de Jasón y los Argonáutas.

Pero aunque las barcas salían vivas y coleando de su taller, no es hasta más tarde cuando se le otorgaba su alma.

La relación de un barco con su armador es un compromiso muy serio en la que el hombre vela celosamente por el estado de su barco y así este le transportará sano y salvo por los mares procelosos. De esta manera, hay barcas a las que solo les falta hablar para que nos cuenten como son sus capitanes. Recuerdo una muy graciosa, cuyo armador debía ser antiguo marino de una compañía muy famosa en Grecia; había pintado su embarcación de la misma forma que un ferry y le había colocado hasta un simulacro de chimenea con la insignia de la naviera. Otras se llenan de puntillas, visillos, alfombras, ornamentos y tapetes; dando a entender que la esposa del armador también pone su granito de arena. Un puerto de barculas, es en el fondo un concurso de belleza en el que el visitante toma el papel de jurado al pasearse entre ellas eligiendo ¡mira esta! ¿Pues has visto aquella?

Y cuando zarpan son la gloria de los mares; arrancan con un estallido sordo que rompe el silencio de la noche y se alejan con el pedorreo de sus motores; lejos, siempre lejos; así rezan sus canciones. Si es de noche iluminan el horizonte como luciérnagas y cuando amanece quedan prendidas en el lienzo rosado del agua y cielo confundidos, para quebrar con su estela el espejo del mar a base de ondas y volutas. Y si es una barca egea y el boriás azota, la veras saltar sobre las cresta de las olas como un potro de colores, o balancearse como un columpio infantil, cuando al pairo, su capitán recoge las artes. ¡Aj, barcas!

Pero estas criaturas de madera van dejando paso al plástico globalizado y cuando una desaparece vienen a ocupar su lugar tristes engendros sin alma. Cuando un capitán fallece, lo normal es que saquen su barca del agua y que esta se quede como un cachorro sin amo, es tal el desamparo que dan ganas de llorar. En Evgiros ya han sacado dos y un tercer capitán de 88 años, me decía que si no le ayudaba su hijo o su nieto, él ya no podría tenerla bonita. Por eso, cuando veo a algún joven con una barcula, pintándola o mareándola me dan ganas de abrazarlo. Estas barcas tienen derechos iguales que si pudiera respirar o hablar; y si su capitán lo merece, harán cualquier cosa por él.

Así que he confeccionado este pequeño homenaje con música de Manos Hatzidakis, letra de Nikos Gastsos y voz de María Fanturi. ¡Que disfrutéis!

Με την Ελλἀδα Καραβοκὐρη


Στίχοι: Νίκος Γκάτσος
Μουσική: Μάνος Χατζιδάκις

Μαρία Φαραντούρη
Με τη φουρτούνα
και το Σιρόκο
ήρθε μια σκούνα
απ’ το Μαρόκο
Με τον αγέρα
και με τ’ αγιάζι
πάει μια μπρατσέρα
για την Βεγγάζη
Άγιε Νικόλα,
παρακαλώ σε
στα πέλαγα όλα
λουλούδια στρώσε
Με τον ασίκη
το μπουρλοτιέρη
ήρθε ένα μπρίκι
από τ’ Αλγέρι
Με την Ελλάδα
καραβοκύρη
πάει μια φρεγάδα
για το Μισίρι

Bajo bandera griega

Con el temporal
y con el Siroco
una goleta
vino de Marruecos
Y con el viento
y con la helada
va un bergantín
para Bengasi.
San Nicolás
te ruego
por todos los mares
esparce flores.
Con un valeroso 
oficial de burlotier
vino un bricbarca
desde Argel
Con Grecia
por armador
va una fragata
para Misiri
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Pesadilla de Navidad

Por 28 diciembre, 2013 Etiquetas: , Comentar (8 Comentarios)
Si te quedas quieto puedes oír el ris-ras  todo el año por las noches.  Es posible que nunca antes te hayas fijado.

-Ris-ris, ras-ras.

Y la tierra tiembla. Y el mundo, como lo recordábamos se desmorona. Estos seres diabólicos sierran el tronco en la oscuridad maléfica para que no nos demos cuenta y un día, el menos pensado, abatirán el árbol
que nos sostiene y nos precipitaremos hacia el abismo.

Los Kalikantsaroi no son duendes buenos, si no engendros malignos con cuerpos mezcla de hombres y animales, con cabezas negras y orondas, con orejas puntiagudas, patas peludas y dedos afilados. No tienen otra obsesión que la de talar el árbol en el que descansa el mundo y si lo consiguen, este desaparecerá en los infiernos. Algunos tienen tamaños enormes, otros son pequeños como gatos. Nos odian.

Sierran y sierran sin descanso durante el año y solo paran en navidad, cuando salen por las grietas de la tierra a la superficie, dispuestos a hacernos la vida imposible. Es en esta época, cuando le dan vacaciones a la cuchilla, este lapso permite que la corteza dañada del árbol sane sus heridas; el renacimiento del sol tras el solsticio se encargará del resto; otro año pudo eludir el mundo la destrucción de la vida; que se produciría seguro si la luz hubiera seguido escaseando.

El fatalismo griego tiene por costumbre poner nombres dulces a las cosas malas, como si así exorcizaran el peligro, como si al acercarse y tratar de hacerse su amigo la maldad se fuera a compadecer de ellos y pasara de largo. De esta forma el Kalikantzaroi se forma con Kalí (bueno) y kantzaroi. Este segundo término es más controvertido y como apunta Fermor podría provenir de Centauro, haciendo alusión a la afición de los centauros por causar el mal y destrozarlo todo. Los “buenoscentauros” serían llamados de este modo para que se apiadaran de los mortales y les dejaran en paz.

Las navidades tienen ese espíritu, mágico para algunos, y tristón para otros, que nos hace recordar el pasado; pero en cualquiera de los casos es un momento del año muy especial. Así que es en estos días cuando uno más oye el crepitar de las ramas, el crujir de la madera y se estremece al pensar si otro sol radiante podrá enmendarlo todo.

– Ris-ris, ris-ras.

O si la vuelta atrás será ya imposible, si las raíces y el tronco están ya separados. He notado un temblor, el árbol se ha deslizado unos metros. ¡Parad por dios!

Cuando los Kalikatsanoi salen de su escondite se descubre su horrenda fealdad y su inaguantable hedor. No soportan la luz del día y se cuelan en nuestras casas por rendijas y chimeneas en la noche. Si los dejamos, ocuparán nuestro hogar, se lo comerán todo, se lo beberán todo y cuando nos levantemos estará convertido en cenizas. Vagan por los pueblos guiados por un jefe cojo, son capaces de transformarse muy rápidamente en cualquier animal y se mean en los alimentos.

Estoy segura de que sigue habiendo kalikantsaroi, pero los  de hoy no son tan guarros, andan sigilosos por la red, nos espían y nos observan para así mejor pulverizar nuestras ilusiones. Se meten en las casas por las pantallas de los televisores y se ríen de nosotros obligándonos a hacer cosas en su provecho sin que nos demos cuenta. Nos convencen de que así somos felices. No son feos y malolientes si no elegantes, trajeados o uniformados y con buenos modales. Pero nos odian también.

En Grecia, los más supersticiosos, para ahuyentarlos, les ponen ajos y mandíbulas de cerdo en puertas y ventanas, la chimenea debe tener un buen fuego para que les impida deslizarse y en el zaguán de la entrada, un colador. El Kalikantsaro solo puede contar hasta dos, el número tres es sagrado, no lo debe pronunciar; dicen que así se queda el diablo en la puerta, contando toda la noche los agujeros del utensilio de cocina. Uno, dos, uno, dos….uno, dos.

La leyenda cuenta que los niños nacidos entre la vigilia de Navidad y el 6 de enero (cuando ya empieza a crecer sensiblemente el día, tras el solsticio) tenían posibilidades de convertirse en kallikantzaroi cuando fueran adultos. Así que a esos concebidos; siguiendo la propia jerga kalikantsaril; en marzo si las cuentas no fallan;  les esperan sus cunas llenas de ajos y a nada que se descuiden les quemaran las uñas de los pies. Que crueles acaban siendo todas las supersticiones y creencias fanáticas. Que horrendos los kallikantsaroi.

Yo por si acaso voy a cerrar puertas y ventanas, colgar ristras por cada esquina, coladores o espumaderas perforadas en la puerta y salvapantallas de lunares. No quiero que entre ninguno.

O mejor, pongamos música y que bailen hasta que revienten.

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