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Transportes

Un barco vino de Francia cargado de…

Por 2 mayo, 2014 Etiquetas: , , Comentar (11 Comentarios)
Como un amigo me ha dedicado una entrada en su blog, no puedo por menos que devolvérsela.

Esta es la historia del transporte de un barco que vino de Francia
Negra negrita tenía el alma, negras sus velas como un tizón 
Oscuras y tenebrosas aguas surcaba y a la arribada nadie lo vio 
Su olor acompañó a la leyenda y alcanzaba hasta la orilla. 
Le llamaron para siempre el velero Carbonilla.

Mi amigo Martín, Mesié Martín, hubo un tiempo que se dedicaba a comprar veleros en Francia y venderlos en España. Tuvo muchas otras profesiones, pero eso es mejor que lo cuente él en sus memorias, que podrían ser extensas e interesantes, yo solo voy a coger prestado aquí un cachito de su vida.

Tenía Martín un sobrino que vivía en Perpiñán y le hacía de ojeador, no de futbolistas si no de barquitos en venta. Sobre todo se fijaba en pequeñas unidades, 7 u 8 metros, que llevaban tiempo con cartel y por tanto se podía sospechar que el propietario estaba un poco aburrido y con ganas de deshacerse de él. Aquí hacia su aparición Mesie Martín, que criado desde pequeño en Tánger, tenía todo un máster en regateos y trilerías; quien ha vivido en Marruecos sabe que son estudios que se deben cursar con excelencia si no quieres que te tomen el pelo; aprendes sí, o te vas. Llegaba mi amigo, como iba diciendo, y le hacía una oferta leonina; el desesperado armador huía ofendido, pero al cabo de unos días decía: Mais Oui. Y accedía a venderlo, no sin antes vaciarlo por completo y dejarlo temblando, con a lo sumo unos cabos y unas velas, dos defensas y el ancla de una neumática.

Entonces nosotros íbamos, cogíamos el barco y se lo traíamos a Valencia. Tengo que hacer hincapié en las esloras de los veleros; porque aunque es verdad que todos empezamos con esos tamaños, con el tiempo prosperamos y nos lanzamos a barcos de más desplazamiento y se te olvida que en estos, si subes a bordo con impulso, corres el peligro de caerte por el otro lado. También el tamaño es importante en el mar, claro, y en invierno, en el Golfo de León, con un Mistral permanente recién salido del congelador de los Pirineos, a la más mínima ola los rociones barren por completo la cubierta.

Lo que no se había llevado el dueño se lo llevaba Martín, que siempre ha sido dado a la trapería y si quedaba algo brillante, por insignificante que fuera, lo arramplábamos nosotros, las urracas. Solo por el mero afán del pillaje, porque al final todo quedaba reducido a tener una colección impresionante de espejos de señales, transportadores de plástico, o a lo sumo una bolsa con arneses del año de la polca; pero ya se sabe que la gente de mar es supersticiosa y si algo no robabas…no sé, no tenías buenas vibraciones. Y a Martín ya le había amenazado su familia, varias veces, con llamar a un gitano que se llevara todos los trastos que ocupaban gran parte de su casa. La verdad es que su chatarrería nos ha venido bien en múltiples ocasiones:

– Martín ¿No tendrás una balsa salvavidas caducada para enseñar a los alumnos?

– Sí, creo que tengo una

– ¿Y una pieza de recambio para un winche que ya no se fabrica?

– Lo buscaré.

Y él mismo, que tiene ahora un barco, por lo que cuenta,  reconstruido con materiales reciclados, una verdadera pieza de museo de la prehistoria naval. Tengo ganas de conocerlo.

Martín nos llevaba hasta el puerto donde se encontraba el barco, normalmente en la costa Azul,  lo compraba y nos abandonaba a nuestra suerte. Bueno no, no voy a ser exagerada, nos dejaba un piloto automático, siempre el mismo, que había que mimar, porque era “El Piloto”. Eso sí, las cenas antes de zarpar, en la zona eran memorables y yo, cuando tenía tiempo, me acercaba a algún Château a comprar una garrafita del vino del año, para acompañar sinsabores.

Toda una generación de navegantes nos hemos curtido en “los transportes de Martín”. Así que cuando veías llegar a algún amigo con sal en las pestañas y el traje de aguas hecho jirones podías adivinar de donde:

– Vengo de hacerle un transporte a Martín.

En el caso del que me ocupo eran dos los barcos a transportar; Jesús llevaba uno y yo otro. Siempre es más entretenido navegar en conserva y dado que los susodichos estaban para cogerlos con pinzas, uno podía hacer de remolque del otro en un momento dado.

Yo desde el primer momento noté que el mío olía raro, pero como el golfo de León es ventoso, no tuvimos que usar el motor por mucho tiempo, solo si entrabamos a algún puerto. El problema vino una vez dejamos atrás el Delta del Ebro, porque nos pilló una buena encalmada. Fue entonces cuando constaté que el motor de mi barco tiraba parte del escape dentro y lo llenaba todo de humo. Tenía el codo del escape unos poros que dejaban salir los gases. Como en el barco no había prácticamente nada y lo único que pude encontrar fueron tiritas pasadas en un armario, la cosa no tenía mucha solución. Al no poder coger aire limpio también corría peligro de ahogarse, así que decidí dejarle abiertos todos los registros de la cámara de motores; él respiraba, yo no. Él se quedó dentro, yo fuera, condenada. Mi cara y mis manos estaban siempre negras y aunque al principio no paraba de lavarme, al final decidí que era un trabajo perdido. Desde el otro barco se me debía ver cada vez más morena.

Conseguimos llegar a puerto, que no es poco, y todos se quedaron extrañados de ver pasar un barco negro con una mujer de color a la caña. Cuando amarré y baje a recoger mis pertenencias; las cuales tuvieron que ir directamente a la basura; aquello estaba más oscuro que una mina de Mieres. Y a Martín, que nos esperaba en el pantalán, le entró el desternille; puro humor negro.

El caso es que siempre me recuerda, cuando nos vemos, que no sabe cómo todavía le hablo. Ji,ji. Pero así son los aprecios, no atienden al sentido o la razón.

Me quedó la duda de saber qué deshollinadores contrataron para limpiar el barco por dentro, porque las tapicerías de origen eran de color crema.


Desde aquí oigo tus risas ¡mardito!
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El puente de Lefkada

Por 23 marzo, 2013 Etiquetas: , , , Comentar (14 Comentarios)

Cuando ya casi habíamos acabado, no habíamos hecho más que empezar; empezar a buscar un varadero donde dejar el barco en seco. Lefkada estaba totalmente llena, ninguna de las marinas con las que hablamos podían hacernos un sitio hasta mitad de Marzo. Más que una isla, en invierno parece un puercoespín, desde lejos solo se ven mástiles; la flota de recreo de media Europa se acumula aquí durante el “fuera de temporada”. Así que había que ir a Preveza, donde nos dijeron que sí, pero que mañana es sábado, pues corre, vamos, espero que abran el puente cada hora, sí, eso me han dicho, como en verano.

El puente de Lefkada, Το Πέρασμα, el paso, es una plataforma barco que permite pasar al tráfico rodado sobre los escasos 70 mts de canal que separan la isla del continente en su parte norte. Cada hora se retira, o bien levanta uno de sus extremos cuando no hay mucha demanda náutica, para posibilitar el tránsito de las embarcaciones. Cuando se rompe “el paso” todos se acuerdan de que sí, efectivamente, que Lefkada es una isla.

6_perama_lefkadas.jpg.El puente de Lefkada

Como sé de buena tinta que la isla se relaja en invierno, como ya he comprobado en mis carnes que al más mínimo obstáculo el puente se queda cerrado por unos días, como era febrero y los Lefkadiotas andaban a cámara lenta y como hay pocos chalados navegando en estas fechas, debí preguntar unas 100 veces:

¿Seguro que el puente se abre cada hora?

Antiguamente la cosa era mucho más sencilla; para los barcos, pero no para los terrestres.

– Tú vas con coche, yo voy con barco, tú vas antes y les dices que llego en una hora, tú me esperas y tú me recoges.

– Bien.

Allá que me fui, eran menos diez. Crucé el puente, paré el coche y esperé al otro lado. Menos cinco… menos uno… o’clock. Veía el barco que se acercaba y aguardé a que levantaran el ala lateral de la plataforma. Y tres… y cinco… y siete… nada ¿Ya estamos? Desde allí podía ver la cara de interrogación en el velero.

Dejé el coche donde estaba y me dirigí a pie hacia la cabina del…como diría yo ¿Puentero? ¿Puentista? Me dirigí hacia el señorencargadodelpuente. Mientras andaba, pensaba en estas necedades, pero no son tan necias como parecen; los griegos usan el vocativo, así que necesitaba un nombre con el que llamar al señorencargadodelpuente y utilizar el dichoso caso.

Una manada de perros griegos se hacinaba alrededor de la cabina de mando. El lector que haya estado en Grecia sabrá a lo que me refiero cuando hablo de perros griegos; no es una raza definida, pero sí un tipo de perro inequívoco. Los perros griegos se agrupan en las estaciones de autobús o de tren, en los puertos, en la entrada de los recintos arqueológicos; en cualquier sitio donde haya tránsito. Son serenos, calmados, lentos, indiferentes; parecen dotados de una sabiduría ancestral y hay hasta quien afirma que son los mismísimos dioses reencarnados. Lo que sí tienen es mierda, pulgas saltarinas y sustancia acumulada. Siempre están durmiendo, a veces se levantan, andan unos metros y dejan caer sus huesos, sus pulgas y su mierda, con un “plom”, en otro lado.

Yo me acerqué saltando entre los chuchos, que a lo sumo se dignaron a descorrer un parpado y mirarme sin interés, con el ojo turbio. Por las ventanas de la cabina de mandos no se veía un alma. Abajo si se veía algo; un barco con una persona indignada.

– ¡Señorencargadodelpuente! ¡Señorencargadodelpuente! – Dije; en vocativo, claro.

Me acerqué más, ya casi podía tocar los mandos; los perros roncaban al unísono. Me metí en la cabina y… aja…allí estaba. En una cama, tapado hasta la nariz, con sábanas y manta, yacía el susodicho puentero, roncando como los canes.

– ¡Oiga!

– Ahhhh. De un salto salió de la cama, con los ojos enajenados.- ¿Qué quieres?

– ¡Que se ha pasado la hora!

– ¿Qué hora?

Miró hacia abajo y vio el velero esperando, le dio al mando y el puente lateral comenzó a levantarse con incómodos y grandes lamentos metálicos.

– No son fechas para esto. Gritaban los conductores que casi se habían caído al mar, con las ruedas chirriando en el borde del muelle. La falta de costumbre invernal.

El velero pasó mientras todos increpaban con el ¡venga!, con el ¡más rápido!, con lo de que ¡a ver si perdemos aquí la mañana! ¿Tendrán valor?

Los perros cambiaron de postura. El señor del puente cogió un sedal y se puso a pescar.
Este trabajo es de un estrés que flipas.

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Grandes rebajas y oportunidades

Por 15 marzo, 2013 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
El transporte llega a su fin y nos adentramos en el Jónico. Dejamos atrás las Equinadas, islas tal que erizos; que tienen ahora nuevo dueño. Como en un cuento infantil, un emir apareció, surcando los mares en un bajel inmenso, su yate, creando enormes olas que arribaron a playas lejanas. El príncipe quedó prendado de su belleza; y sin saber bien por qué, decidió construir un gran palacio. Desde ese día se las va comprando una a una. Los habitantes de Itaca, prefectura de la que dependen y por el presente bastante desesperados, se quedaron turulatos y dibujaron círculos con sus labios.

¿Qué vio el emir en este archipiélago?

Quizás vio la belleza en su desolación, en sus cabras desamparadas, secas como ruinas, que triscan y arrancan matas de donde no hay; o en sus mares de peces hastiados de dar vueltas infinitas en sus jaulas. El paraíso de las piscifactorías.

Son 18 las islas, pero él tan solo tiene 6. Las quiere todas. ¿Para qué querrá el emir tantas islas?

 Las aguas de las Equinadas no son turquesas como en el resto del Jónico, sino túrbidas y oscuras. Los limos del rio Aqueloo, llevan desde tiempos de Herodoto anegando sus fondos y tragándose islotes; quedan unidos por lodos al continente. Tucídides esperaba que así acabaria todo el archipiélago con el paso de los años, pero sus expectativas no se cumplieron del todo. El rio, a diferencia de los humanos, es lento.

¿Qué le veo yo a estas islas?

Precisamente eso, la nada, las cabras, las jaulas con los peces, el rio, la hermosura del vacío, el silencio ensordecedor, las 18 islas como erizos, plantadas sobre el agua, la imponente Oxia, puerta de salida del Jónico, el abrigo de Petalas, la semi-insula desierta, donde uno puede olvidar al resto del mundo por unos días, dejando caer su ancla en un fango espeso; el que lleva Aqueloo vomitando desde tiempos ignotos.

Las 6 islas que ha comprado su alteza no eran del estado, si no de una familia que poseía el título de propiedad desde la fundación del moderno estado de Grecia y a la que ya le costaba mantenerlas, así que el emir se ha convertido en amo y señor de 6 islas por 8,5 millones de euros. Una bicoca, si lo comparamos con los precios algunos pisos en capitales europeas. Debe estar en estos momentos, planeando la oferta para las otras 12, que no puedo asegurar a ciencia cierta si son privadas o del estado.

Y a mí, que no me gusta sospechar, me debería traer al fresco si los propietarios son unos u otros. Me traería al fresco, si respetaran sus cabras, su vacio, su silencio ensordecedor, sus pescadores, su imponente Oxia y su semi-insula desierta; si dejaran al Aqueloo que lentamente se las tragara todas. Pero algo en mi olfato, educado en las mejores escuelas de impotencia frente a la urbanización y destroza del entorno, la corrupción y el enriquecimiento de constructores, me dice que hay gato encerrado. Porque puestos a construir un palacio…

¿No tenía el Emir mejores islas que comprar que estas de turbias aguas?

– Es que se enamoró.

– Ah. Ya.

En 2010, cuando Grecia por primera vez buscó la ayuda de la UE y el FMI debido a la incapacidad de pagar su deuda externa, en los medios internacionales se dejaron caer las primeras sugerencias sobre la posible venta de las islas y territorio griego. Las autoridades lo negaron constantemente, pero a finales de agosto apareció la información de la posible venta o alquiler de las islas deshabitadas griegas en el marco del programa de privatización. Fue anunciado por el primer ministro del país, Antonis Samaras, en una entrevista concedida al diario francés Le Monde. La venta del terreno público se convirtió en un asunto muy polémico en el país heleno.

Desde el momento en que surgió la idea, los representantes de la Agencia griega de Privatización (HRADF, son sus siglas en griego) examinaron 562 de 6.000 islas griegas. Todas las elegidas tienen un área desde 500 metros cuadrados a tres kilómetros cuadrados. La HRADF decidió alquilar 40 islas deshabitadas por un período de 30 a 50 años. Hasta las malas lenguas decían que Israel andaba detrás de alguna para transformarla en base militar.

Creo que esta historia me suena de otro cuento: la viuda que teje, los pretendientes disputándose las migajas del trono, el héroe desaparecido, el reino esquilmado y venido a menos…

Así habló Telémaco:

«Pero no solo lloro y me lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado otras malas preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas Duliquio, Same y la boscosa Zantez y cuantos son poderosos en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se niega al odioso matrimonio ni es capaz de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda comiéndosela. Luego acabarán incluso conmigo mismo

Odisea. Canto I

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Transporte en Invierno. Golfos, estrechos y Arpías.

Por 8 marzo, 2013 Etiquetas: , , Comentar (13 Comentarios)

Hace tiempo que no escribo y de hecho cada vez que abro esta pantalla azul me dan ganas de salir corriendo. Creo que se llama desanimo, desidia o desmotivación. O también es el nombre algunos virus que pasan por mi lado y deciden quedarse conmigo una temporada, o de accidentes de bicicleta que me dejan medio pallá, medio paquí. Así que creo que como terapia debería intentar acabar con este transporte que habíamos dejado en Sunio. El sagrado Sunio. Por cierto acabo de leer que está en venta; he preferido no creerlo para que no me den ganas de cerrar esto otra vez.

El viaje transcurrió sin imprevistos, el Egeo estaba sereno y llegamos al canal de Corinto de madrugada. Nos hicieron cruzar inmediatamente, en la más tremenda soledad y mientras lo hacíamos, por el este amanecía. Como dicen los griegos οταν χαράζει, cuando raya, el alba claro. Me gusta mucho está expresión; mucho más que el αυγή, la aurora, de los huevos (Aurora Dorada es el partido Neonazi).

El canal de Corinto, como todas estas obras mastodónticas de excavar senderos para que pase el mar entre las montañas, aparece como otras veces, impresionante; deja esa raya de cielo oscuro sobre nuestras cabezas.

El primer gobernante que intentó construirlo fue el tirano Periandro de Corinto, uno de los Siete Sabios de la antigua Grecia, alrededor del año 630 a. C. Pero desistió porque la Pithia, la pitonisa del Delfos, en su oráculo melopéico, balbuceó: “No hagan una torre en el istmo, ni caven a través de él”. No sé si conocía Periandro que los promotores de este oráculo habían sido los sacerdotes de los templos corintios. Temía, esta curia, que si se construía un paso permitiría a los barcos pasar sin pararse y dejarían de recibir las ricas donaciones y regalos que se les hacían. Los clásicos ya sabían de prevaricaciones y cohechos.

Una vez ya ha amanecido ¿Qué sentido tiene parar? Así que decidimos continuar hasta donde pudiéramos, pues aunque sin viento apenas, las olas que venían del oeste, presagiaban que no avanzaríamos mucho.

El golfo de Corinto es uno de esos casi-lagos rodeados por montañas elevadas que encauzan los vientos, de forma que sea la dirección que sea la que tenga el viento real, allí solo sopla o el señor del este o el señor del oeste, por el pasillo que le dejan. El viento levanta un mar que no corre libre, si no que rápidamente se encuentra encajonada entre la tierra y busca su salida retornando en forma de corrientes, a veces bastante importantes.

Aquel día debía estar soplando el oeste ya en Rión, el punto más estrecho, y la corriente encrespaban las olas que llegaban y las convertía en muros de agua, paralelos, verticales y seguidos; así que el barco avanzaba como un caballo encabritado, pegándose de bruces con las paredes. Es de esas veces en las que no hay nada más incómodo que navegar. Además intentar pasar el estrecho Rión- Antirrión en esas condiciones es un error; lo que aquí ocurra, allí estará multiplicado por tres. A motor, entre salto y salto, será penoso, con estas olas tan cortas y sumadas a la corriente en contra; no creo que avancemos más de medio nudo; y a vela, dando bordos para atinar el ojo del puente por donde te dice el control de tráfico que debes pasar, puede ser interminable.

Puente de Rión

Una retirada a tiempo es la mejor de las victorias en esto de viajar en barco, así que nos fondeábamos en una bahía bajo el Parnaso y nos dispusimos a pasar una tarde de lectura intensa y de incursiones en internet. Así me enteré de que cerca de allí había una pequeña isla llamada San Athanasio. Estaba en venta.
Una vez consigues cruzar el estrecho de Rión, entras en el golfo de Patrás, el embudo se abre y ya puedes oler el mar abierto. El agua es más libre en esta parte y las corrientes y las olas son más manejables. Al fondo se ve ya Oxia, el final del golfo, la puerta al Jónico. Un calificativo bien merecido pues cuando llegas a ella y la abres, sabes que el viento cambiará de dirección y sí sopla fuerte del noroeste, por su cara de sotavento bajaran fuertes turbonadas que más te conviene tenerlas previstas si no quieres ver tus velas hechas jirones. Es muy imponente Oxia.

Isla de Oxia

Oxia no está en venta. Ya la han comprado.

Lo que empezó siendo un rumor, algo así como un absurdo que nadie creía, ha acabado convirtiéndose en realidad: Grecia vende sus islas para saldar su deuda. Esta noticia se publicó en The Guardian en el 2010 (leer artículo original) y todos dijimos:

– ¡Hala!

Pero no fue ala, si no también pechuga y hoy los mercados poderosos, los que provocaron la deuda, los que causaron la crisis, los que pidieron los recortes, los que les tildaron de vagos y corruptos, los que volvieron la cara al sufrimiento, esos, se reparten Grecia a pedazos. Ni las más crueles Arpías de las peores leyendas mitológicas de los más terribles castigos divinos, habrían trabado mejor el suplicio. Me recuerda a Prometeo; por la noche una águila da cuenta de su hígado, por el día le deja sanar para poder continuar con el festín nocturno.

No sé si seguir con esto. Por lo menos un poco de descanso, que se hace muy largo y muy triste.

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