Browsing Tag

Viajes

De cómo una isla se elevó a los cielos

Por 14 enero, 2017 Etiquetas: , , , , , Comentar (12 Comentarios)

La divina Calipso le dijo a Ulises que si quería navegar rumbo a oriente debía llevar a su izquierda a aquella que nunca se baña en el mar. Con un dulce viento, Ulises, sentado al timón, vigilaba a las Pléyades y al carro de la Osa que gira sin dejar de acechar a Orión.

La ninfa Calisto, fue condenada con su hijo Arkás; αρκούδα es oso en griego; a no aparecer por el este y desaparecer por el oeste, sino permanecer dando vueltas en el firmamento. Zeus, fue su amante y para evitar las iras de su esposa Hera, los transformó en osos los agarró de la cola y los lanzó al cielo donde quedaron prendidos para la eternidad formando la osa mayor y la osa menor. La desgraciada ninfa nunca se acercaría al reino marino y daría giros infinitos sin tocarlo.

Así hicimos nosotros, sin desorientarnos ni un grado, navegamos rumbo a oriente hasta darnos de bruces con Asia.

Andaba yo inapetente y aburrida con el sube y baja de la costa y los golfos y los cabos que dibujan un mundo que luego sale en las bolas del mundo y la terra trema corría monótona de norte a sur sin un solo aliciente. Yo ansiaba una piedra a la deriva para rodearla, una roca salpicada por todos los vientos y muchas olas. Así que por mi insistencia dimos rumbo a Simi, a pesar de la prohibición, por aquel entonces, de navegar en zig-zag entre la costa turca y las islas griegas. Nada esperaba de la elección, al fin y al cabo nada cambia tanto en unas millas de mar a pesar de pertenecer a diferentes países, tanto una como otra fueron  Grecia en la antigüedad y todas las orillas tenían idéntico color.

Lo singular de acercarte a una isla desconocida por el mar es que la ves crecer y desarrollarse, como un huevo de gigante. Al principio flotaba como un corcho azulado en el agua, acabó eclosionando y permitió que nos adentráramos por sus fracturas, buscando el germen. Seguimos navegando por sus pliegues y hendiduras esperando ver las plumas del pollito feo. Y al final sí, se rompió del todo y se dividió para mostrar totalmente su interior. Pero no encontré feos pájaros en Simi.

No podría explicar lo que me sucedió, ni creo que nadie pueda revivirlo tal y como lo sentí, ni siquiera yo misma, y menos tras más de 20 años de no haber estado allí. Noté un escalofrió que me recorría la columna vertebral, se me nubló la visτa y mis ojos se llenaron de lágrimas sin ningún motivo, me tuve que sentar en cubierta deslumbrada, sin poder pensar en la maniobra. El puerto se abría como un salón de baile, sus casas en filas ascendentes parecían los integrantes de un coro polifónico, preparados para entonar una melodía sobrecogedora, pero ningún sonido salía de sus bocas de piedra. La superficie del mar duplicaba el tono de los cantantes que entornaban sus persianas de colores. Tuve una alucinación parecida a la de Stendhal cuando deambulando por Florencia fue arrastrado por la saturación de la belleza, pero a diferencia de él yo solo contemplaba un pequeño pueblo del Egeo.

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Stendhal

Pronto se me pasó, cuando amarramos en el bullicioso puerto entre los vendedores de pescado y los puestos de esponjas, sobre unas aguas alegres que reverberaban el resplandor del sol hasta hacerlo invisible.

Volví varias veces a Simi y una de las ocasiones, no recuerdo muy bien cuando, ya de noche, una mujer mayor se cruzó en mi camino cuando deambulaba por las callejuelas empinadas del puerto. Llevaba un pañuelo blanco anudado en la cabeza, aunque el resto de su atuendo era negro y una vela delgaducha encendía su sonrisa. Me paró, me miró y me cogió del brazo, transmitiendo con el roce una dulzura y familiaridad sorprendentes.

– Η Παναγιά , έλα πάμε. La virgen, venga vamos.

Señaló hacia la cuesta que subía hacia la iglesia donde se oían rumores, oraciones, murmullos religiosos y pasos apresurados. Mi voluntad se quedó muda y seguí a la desconocida por la escalera como res al matadero. La subida se iluminaba con cientos de candilejas que se iban agrupando y cuando llegamos arriba la plaza ardía entre las llamas de los cirios, alumbrando las caras pálidas de los oficiantes que miraban embelesados un icono de la Virgen ortodoxa; de esas que parecen atravesarte con su mirada sin que tu puedas esconderte; mientras que del interior de una capilla dorada salía luminosidad a borbotones. Un agudo olor a cera y a iglesia antigua me dejó aturdida; me remataron las llamitas de las candelas que dejaban un humo narcótico en mis narices. Me puse a llorar electrizada, mientras mi acompañante me apretaba el brazo y comprendía ¿No era aquello la procesión más bonita del mundo? ¿Cómo no iba yo a emocionarme? En un descuido me lancé escaleras abajo y me fui a hacer un sortilegio en las aguas del mar, por si acaso los espíritus me habían poseído, cosa frecuente en Grecia, donde la ilusión y la realidad a menudo se confunden.

cirio

A los ídolos más admirados y los monstruos más temidos por nuestros antepasados podemos buscarlos en los cielos. Muchos de los personajes de Jasón y sus argonautas y su viaje en pos del vellocino de oro aparecen dibujados en los signos del zodiaco, lo que demuestra la categoría de esta aventura para el mundo clásico. Así Aries hace referencia al propio carnero del vellocino, Leo al león de Nemea de Heracles, al que se le representa siempre vestido con su piel, Géminis a los gemelos Cástor y Pólux, Virgo a la sacerdotisa del templo donde se custodiaba el vellocino. También existe una Argos Navis, una constelación del hemisferio sur, que se extiende desde Can Mayor a la Cruz del Sur.

Fue Eratóstenes quien se tomó la tarea de articular los antiguos mitos y su ascensión a los cielos. Su obra Catesterismo recoge estas hazañas mitológicas de la tradición popular intentando aunar las múltiples interpretaciones. El propio autor ideó una nueva constelación llamada la cabellera de Berenice, en honor a la esposa de Tolomeo, su rey, posiblemente como un encargo.

Una noche, fondeados en la cara sur, se recortaba la silueta oscura de Simi con un tenue resplandor que salía de sus entrañas; las luces del pueblo invisible tras las montañas. Yo me entretenía en buscar en el galimatías celeste las diversas constelaciones visibles y sobre todo, la imposible cabellera. Todo se detuvo un instante, noté un temblor y un rumor raro en las olas. Me sentí flotar de una forma peculiar, entre las estrellas, pero el barco y la costa me acompañaban por el espacio. Un viento me resbaló por la cara y agitó mis cabellos mientras las nebulosas pasaban a nuestro lado con suavidad. Tras el viaje, no sé si corto o largo, la tierra vibró un instante para volver a caer delicadamente sobre el mar, en silencio.

En aquel momento sonaba Bowie en la radio y el mayor Tom llamaba a Control de tierra:

And I’m floating in the most peculiar way
And the stars look very different today

No he vuelto a Simi, me da miedo. Me daria pena encontrar solo una bella isla sin más.

Space oddity

Ground control to major Tom
Ground control to major Tom
Take your protein pills and put your helmet on

Ground control to major Tom
Commencing countdown, engines on
Check ignition and may God’s love be with you

Ten, nine, eight, seven, six, five,
Four, three, two, one, liftoff

This is ground control to major Tom
You’ve really made the grade
And the papers want to know
whose shirts you wear
Now it’s time to leave the capsule
if you dare

This is major Tom to ground control
I’m stepping through the door
And I’m floating in a most peculiar way
And the stars look very different today

For here
Am I sitting in a tin can
Far above the world
Planet earth is blue
And there is nothing I can do

Though I’m past one hundred thousand miles
I’m feeling very still
And I think my spaceship knows which way to go
Tell me wife I love her very much
she knows

Ground control to major Tom
Your circuits dead,
there’s something wrong

Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you hear me, major Tom?
Can you….

Here am I floating round my tin can

Far above the moon
Planet earth is blue
And there’s nothing I can do.

Singularidad espacial

Control de Tierra a Mayor Tom
Control de Tierra a Mayor Tom
tome sus proteínas y póngase el casco

Control de Tierra a Mayor Tom
comienza la cuenta atrás, motores en marcha
Compruebe el encendido y que el amor de Dios le acompañe.

Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco,
cuatro, tres, dos, uno, despegando

Control de Tierra a Mayor Tom
realmente lo ha conseguido
y la prensa quiere conocer
de quién es la camiseta que viste
Ahora ha de abandonar la cápsula,si se atreve

Aquí mayor Tom a Base
estoy saliendo por la puerta
y estoy flotando de un modo muy peculiar
y las estrellas parecen tan distintas hoy

Por aquí
estoy sentado en un trasto de hojalata
muy por encima del mundo
La Tierra está azul
y no hay nada que yo pueda hacer

Aunque más allá de 100.000 millas
me siento muy tranquilo
y creo que mi nave conoce que camino seguir
Decidle a mi mujer que la quiero mucho,
ella sabe

Control de Tierra a Mayor Tom
sus circuitos están apagados
Debe haber algún problema

¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me recibe, mayor Tom?
¿Me…

Estoy aquí, flotando alrededor de este trasto de hojalata
muy por encima de la Luna
La Tierra es azul
y no hay nada que yo pueda hacer.

Share:

El cartero siempre llama dos veces

Por 25 noviembre, 2015 Etiquetas: , , , , Comentar (12 Comentarios)
Ayer llegó el cartero con un paquete. Era un hombre normal con un carrito amarillo donde transportaba los envíos. Cuando sacó el mío se me aflojó la sonrisa y languidecí al ver los sellos de colores con sus timbres en caracteres griegos. Me acordé de Laurence Durrell, en su Reflexiones sobre una Venus marina, cuando decía que el encuentro por azar con cartas de matasellos helenos le provocaba una nostalgia irreprimible. El repartidor debió pensar que estaba pasmada, por mi sonrisa bobalicona mientras dejaba que mi mente transformara su figura de hombre corriente en la de un cartero de altos vuelos, el de Neruda o el pobre cartero muerto de Hatzidakis. Las relaciones con Grecia, cuando estás lejos de allí, tienen el poder de sanar el espíritu como un ungüento milagrero; cuando te lo untas retornas directo a tu niñez.Había contactado con un librero de viejo de Atenas que me podía conseguir un ejemplar del libro que mencionaba en la entrada anterior: Το Ταξίδι της “Χαράς”, El viaje del Jarás; un relato autobiográfico de un navegante griego que cruzó el atlántico norte con su esposa en un barco de 8 metros sin motor. El me dio un precio y me aseguró que en cuanto le llegase mi dinero lo pondría en el correo. Ya sé que a alguien le podría chocar el hecho de poner una transferencia a una cuenta bancaria particular de un desconocido a cambio de una simple promesa, pero llevo tantos años en el país que no me produce la más mínima inquietud. Los griegos son gente de palabra; eso no quiere decir que no haya ladrones o estafadores, los hay, pero son de más altos vuelos. Es una situación que he vivido en numerosas ocasiones; las cosas pueden tardar y hasta eternizarse pero no es necesario preocuparse, llegarán. Esto en sí parece una tontería, pero la confianza entre la gente es uno de los tesoros más envidiables de Grecia. Yo me dispuse a esperar el tiempo que hiciera falta y se me quedo grabada la canción de Hatzidakis El cartero murió, que llevo tarareando hasta el momento del timbrazo. Ringgg.

– Ohhh

Subí a casa como flotando, mirando aquel paquetito de papel de estraza, escrito a mano y con unos sellos de héroes y mitos; casi daba pena abrirlo. Con cuidado fui desembalando las capas y capas que el librero había envuelto con mimo y llegué a un volumen antiguo y sin desbarbar. Hacia muchos años que no veía un libro así y hasta me había olvidado de su existencia. Este tipo de edición, hoy desconocida excepto para algunos coleccionistas, usaba una hoja de papel de gran tamaño que abarcaba el texto de varias páginas, esta última se doblaba formando un pliego y  muchos cuadernillos de esos se unían mediante cosido o fresado y se encuadernaban. Como todo el proceso era artesanal los pliegos se dejaban muy a menudo intonsos, palabra que yo desconocía hasta ahora y que significa literalmente “sin cortar las barbas”. Es el propio lector el que debe abrir los bordes unidos de las páginas a medida que avanzaba en la lectura. Posteriormente se idearon máquinas que se encargaban de esta labor y sólo en algunos libros exquisitos de coleccionista se mantiene la costumbre de no cortar las páginas. Para un bibliófilo estos ejemplares intonsos, que no han sido abiertos ni por tanto sobados o leídos, tienen un valor superior al del ejemplar afeitado si barbas. Dice Víctor Infantes en su Biblia de los bibliófilos: “El bibliófilo no debe caer jamás en la tentación de leer un libro … Qué mayor honra que adquirir un libro que no tiene la más leve señal de haber sido leído, incólume y virginalmente conservado; y transmitirlo así, para otros afectos, sin el más mínimo testigo de una ignominiosa lectura.” En cualquier campo en el que te metas a indagar hay frikis.

 

El viaje del Harás

 

Pero volvamos a “el viaje del Jarás” ; allí estaba, entre mis manos, compilado en aquel pequeño objeto barbado, misterioso, secreto, excitante más que cualquier otro libro. Y yo, provista de un cuchillo jamonero bien afilado, canturreando “la muerte del joven cartero”, mientras recordaba aquellos puñales que había en los escritorios de mi infancia con los que alguna vez hemos jugado a herir y ser heridos de gravedad pero sin morir; siempre había escusas para mantenerse vivo de forma perpetua, para enfado de tus amigos.
Lo bueno de estos libros es que solo vas cortando las hojas que lees y esto es un proceso lento y mimoso para no convertir esa joya en un cuaderno de parvulario. Todo un placer delicado para pasar una tarde de frío como hoy mientras las páginas nos trae imágenes evocadoras del pasado. Pero ¡Ah! ¡Mi perdición! Ya en los primero párrafos el autor hacía mención a un libro del escritor Tasos Zappas que a él le había marcado como ningún otro: “El Jónico en una barca”; la edición debe ser de los años 30. Y ¿Qué hago? ¿Qué he hecho? Pues evidentemente volver escribir al librero griego sin mucha esperanza. Él me ha respondido que cree que lo puede conseguir.

 

Fotografía del Jónico en una barca

Fotografía del Jónico en una barca

 

El cartero murió
Letra y música de Manos Hatzidakis
Canta: Sabina Yiannatu

Ο ταχυδρόμος πέθανε…
…ήταν παιδί στα δεκαεφτά
που τώρα έχει πετάξει

Ποιος θα σου φέρει αγάπη μου
το γράμμα που `χα τάξει;

Και σαν πουλί που πέταξε
η πικραμένη του ζωή,
πέταξε πάει και του `φυγε
η δροσερή πνοή

Ποιος θα σου δώσει αγάπη μου
το τελευταίο φιλί μου;

Ο ταχυδρόμος πέθανε στα δεκαεφτά του χρόνια
κι ήταν αυτός η αγάπη μου,
η κουρασμένη του σκιά τώρα πετά στα κλώνια,
φέρνει δροσιά στ’ αηδόνια

Ποιος θα σου δείξει αγάπη μου
πού `ναι του ονείρου ο δρόμος
αφού πεθάναμε μαζί εγώ κι ο ταχυδρόμος;

El cartero murió
era un muchacho de diecisiete años
que ahora ha volado
¿Quien te llevara amor mio
la carta que te había mandado?
Y como un pájaro que voló
la amarga vida suya
voló, se marchó y se le fue
su aliento fresco.
¿Quien te dará amor mio
mi último beso?
El cartero murió a la edad de diecisiete años
y él era mi amor
Su cansada sombra
ahora vuela entre las ramas
trae frescor a los ruiseñores.
¿Quien te enseñará amor mio
cual es el camino de los sueños?
Ya que hemos muerto juntos yo y el cartero.
Share:

Los contrastes del mar. Thirasiá.

Por 29 octubre, 2015 Etiquetas: , , Comentar (6 Comentarios)
Puede ser que los viajes más hermosos sean los nunca realizados y los mares más azules aquellos por los que todavía no hemos navegado, porque imaginar y planear lo que está por venir es en sí un proceso de disfrute que hace más emocionante el futuro; si luego el escenario nos decepciona no representa ningún problema pues ya sabemos que lo mejor de nuestras vidas lo viviremos mañana y hay que empezar a soñarlo ahora. Pero a veces la realidad nos asombra y nos pilla por sorpresa, allí donde nunca imaginamos llegar, ese sitio al  que jamás prestamos atención, esa piedra con la que tropezamos fortuitamente y que casi nos quebró el pie, es en sí la guinda del camino.

Nuestra intención no era conocer Thira,  Santorini, o Santa Irene como la llamaron los venecianos, o Kallisté como la llamaron en la antigüedad aludiendo a su belleza, o Strongyli por su forma redonda primigenia; una de las islas más fotografiadas del mundo. Pero la realidad es que Santorini no es una isla sino un universo en sí mismo, con varios pedazos independientes alrededor de la caldera en permanente ebullición. No queríamos ir porque nos imaginábamos las riadas de turistas paseando por sus callejuelas, los chill out, las tiendas de ropa vaporosa y la última moda; las parejas de recién casados chinos que viajan a Santorini para hacerse el álbum de la boda. No vayáis- Me dijo alguien.- Está lleno de tules, azahares, novios y palos de selfie .

Por otro lado, amarrar en Santorini es tarea difícil ya que solo posee una pequeña marina en el sur, de poco calado y corto espacio. La opción de fondear en el cráter es totalmente descartable  por las enormes profundidades que tiene pegada a la orilla. Pero de todas maneras creo que existen sitios por los que hay que pasar alguna vez, aunque no te detengas, y navegar por un colosal volcán es uno de ellos; Santorini es una de esas maravillas terráqueas a las que necesariamente se debe llegar por mar si se quiere conocer su significado. Es realmente emocionante adentrarse en esa olla negra y circular que parece la muela podrida de un gigante marino.

Me sorprendió encontrar decenas de catamaranes con excursionistas y músicas atronadoras que iban y venían de la playa roja a la playa blanca, de ahí a la negra y después vuelta a empezar. Me gustaban más los antiguos caiques de colores con sus coplas de nisiótica estridente; los tiempos cambian qué le vamos a hacer, pero algo tiene el turismo de insano y contaminante; los que vinieron aquí buscando un lugar genuino y singular al final reproducen lo mismo que dejaron en sus países y la ley de la oferta y la demanda acaba dándoselo mascado, perdiéndose por el camino la primera premisa; lo singular y lo genuino.

Cuando ya decidimos que habíamos acabado de pasear por el cráter y nos disponíamos a dar rumbo a otros mundos, pasamos por Thirasiá, un cachito de la Strongili que estalló en pedazos, el pequeño segmento que cierra la circunferencia por su parte noroeste. El caso es que sin pretenderlo, observando los barcos que venían de Santorini cargados de gente para pasar el día en las tabernas al pie del acantilado, encontramos una boya donde dejar el barco seguro y afrontamos la interminable escalera que subía hasta la jora. Desde el primer momento tuve la sensación de que Thirasiá era una miniatura de Santorini, una igual solución para habitar estas rocas de lava; las mismas escaleras extenuantes, las mismas piedras negras y rojas, el pueblo blanco colgado en el precipicio oscuro, las reatas de burros que subían y bajaban. Pero había algo de extraordinario en esa isla ignorada por el turismo de masas porque los borricos llevaban cargamentos cotidianos de verduras, aperos  o habitantes de la isla que no tenían otra solución que montarse en el animal para no desfallecer en la subida, la jora era bonita pero sin amaneramiento, con casas pintadas o deslucidas, con iglesias grandes y pequeñas pero sin campanarios fotogénicos, con gatos enroscados y perros vulgares que se rascaban sus pulgas mirando al cielo. La chimenea carbonizada de la panadería se veía a distancia pero alguien tenía que acompañarte para acceder y atravesar la terraza del vecino, la verdulería daba vértigo y se corría el peligro del despeñe con los tomates rebotando entre las cabras, para comprar vino era obligado ir al pueblo de al lado a preguntar por el pope y los burros te increpaban por el camino buscando entre tus bolsas. Era todo lo contrario que su hermana mayor, allí delante, majestuosa, portada de publicaciones y escenario de múltiples películas.

En estas islas pequeñas una vez subes arriba tu visión es todo horizonte, el este y el oeste son un girar del cuello. Al este, el cráter erguido te invitaba a caer rodando por sus escaleras verticales sobre un agua sombría y abisal,  más allá Santorini como el espejo donde se miraba Thirasiá, al oeste una pendiente dulce y suave de caminos amables y ricos cultivos que llevaban a un mar más azul. ¿De qué pasta estaba hecha esta gente? Eran recalcitrantes y tozudos, sin duda,  y de igual forma que un día vinieron a habitar un volcán, ahora se negaban a vender su alma al diablo. O quizás me equivoco y era pura casualidad. Debería pasar unos meses allí para saberlo con certeza.

Llegó la tarde, los infinitos catamaranes, barcos y barcas empezaron a agolparse frente a Santorini, bajo Oia, para ver la famosa puesta de sol, principal atracción diaria de los turistas. Las cúpulas se encendieron rosadas y los infinitos destellos de las cámaras de fotos hicieron el efecto de un espectáculo lleno de trucos y maravillas. Yo miré al otro lado y observé al sol hundiéndose en el agua limpiamente y con tranquilidad, el  ηλιοβασίλεμα, la coronación del sol. Solo el agua salada separaba un ocaso de otro, solo el mar daba lugar a mundos tan diferentes. Bajamos las escaleras en silencio meditando sobre las cosas inesperadas. Cuando llegamos a la caldera no
había ni un alma, el último burro se había cruzado con nosotros minutos antes. ¡Vaya!
Pensé, es estupendo que un mismo mar pueda dar lugar a tantos contrastes.

Μάνος Χατζιδάκις


Θάλασσα πλατιά
σ’ αγαπώ γιατί μου μοιάζεις
θάλασσα βαθιά
μια στιγμή δεν ησυχάζεις
λες κι έχεις καρδιά
τη καρδιά μου την μικρούλα την φτωχιά.


Όνειρα τρελά
που πετούν στο κύμα πάνω
φτάνουν στην καρδιά
και τα νιάτα μας ξυπνάνε
όνειρα τρελά
και οι πόθοι φτερουγίζουν σαν πουλιά.


Έχω έναν καημό
που με τρώει γλυκά και με λιώνει
έχω ένα καημό θα ‘ρθω να στον πω
αδερφή μου εσύ θάλασσα που σ’ αγαπώ.


Κύματα πουλιά
στα ταξίδια σας που πάτε
τα αλαργινά 
την πικρή μου λύπη πάρτε
κι απο ‘κει μακριά
να μου φέρετε κι εμένα τη χαρά.

Manos Hatzidakis

Ancho mar
te amo porque te pareces a mi
Mar profundo
ni un momento te calmas
dices que tienes corazón
mi corazón, pequeño, pobre

Sueños locos
que vuelan sobre las olas
llegando al corazón
y despiertan la juventud
sueños locos
que agitan las pasiones como aletean los pájaros

Tengo un deseo
que me reconcome dulcemente y me agota
tengo un deseo e iré a contártelo
hermana mía, tú la mar que quiero.

Oleadas de pájaros 
que en vuestros viajes vais
a sitios lejanos
tomad mis penas ocultas
y llevarlas lejos
para traerme la dicha.

Share:

Cuando el absurdo se hace realidad

Por 25 febrero, 2015 Etiquetas: , , , Comentar (8 Comentarios)
Viajar en barco no siempre es un cuento de hadas; hay malos
momentos; y en especial cuando te mueves por países que no conoces los
problemas con las autoridades son frecuentes; bueno y sin ser extranjeros
también, nuestra benemérita no se queda a la zaga en cuanto a controles y
papeleos. A veces por desconocimiento, a veces por bajar la guardia, a veces
por reglamentaciones obsoletas y farragosas, a veces por interpretaciones
excesivamente rígidas del policía de turno; nadie está exento de meterse en un
embrollo que la mayoría de las veces se salda con una buena multa y siempre con
una experiencia enervante. Yo esto lo he vivido varias veces,  en Italia, en Turquía, en Grecia, en Croacia. En este último caso, que ahora me ocupa, la situación fue bastante más
allá que una experiencia desagradable.
Si bien todavía era finales de Junio el día era tan tórrido
que me sofoco de recordarlo; ni las chicharras, todavía primaverales e
inmaduras, se atrevían a berrear. Aunque el golfo de Kotor tiene unas aguas
gélidas y refrescantes, las enormes masas montañosas mandaban un viento seco y
abrasador que te secaban instantáneamente. Ese golfo es en realidad un cañón
sumergido de un desaparecido río que transporta aguas heladas de las montañas
al mar; creo que es uno de los fiordos más espectaculares del Mediterráneo.
Expiraba nuestro permiso de un mes  para navegar por Montenegro, que recién
estrenada su independencia descubría un país de lo más alegre, esforzado en
agradar al visitante y repleto de banderas rojas con el águila bicéfala dorada
que tantos disgustos ha traído a Europa a lo largo de la historia. Contrastaba
mucho con el carácter callado y hasta hosco de los vecinos croatas, por cuyo
país llevábamos viajando todo el año. Todavía teníamos permiso de unos meses
para navegar por Croacia y salimos de Kotor, Montenegro, para dirigirnos al
puerto croata más próximo, Cavat. Pero como comentaba, el calor era asfixiante,
así que decidimos pararnos en una cala adyacente a la frontera Croacia- Montenegro
donde había otros 4 barcos fondeados. Cuando ya dejaba de apretar Lorenzo una
patrullera apareció solicitando papeles y pasaportes.
– Les hemos visto venir de Montenegro.
– Sí, es verdad, pero todavía tenemos en vigor el permiso de
navegar por Croacia.
– Pero debería haber ido primero a un puerto de entrada.
– Solo habíamos parado para bañarnos.
Pasamos un buen rato de suspense mientras se metían en el
puente y hablaban por radio.
– Sígannos, están detenidos.
No nos dio tiempo ni a protestar, si es que la protesta
sirve de algo en esos casos, antes de que se montara una comitiva de todos los
veleros que estábamos allí siguiendo a la policía, a todos los nudos que da el
motor, rumbo a Cavat y sin pasaportes. A la llegada nos asignaron un lugar
donde echar el ancla y nos avisaron de que a las 7 de la mañana estuviéramos
frente al puesto de la policía.
Con las primeras luces un grupo de extranjeros despistados y
somnolientos nos congregábamos, mientras un puñado de auxiliares hinchables se
empujaban unas a otras, en el muelle. Si
hubiera tenido alguna gracia podríamos empezar con ese chiste fácil de: se
encuentran un neozelandés, un inglés, un alemán, un sueco y dos españoles en un
puerto de Croacia…
En unos minutos apareció un furgón policial que abrió la
puerta corredera con un escueto
– ¡Suban!¡ Solo los caballeros! Las mujeres deben permanecer a
bordo de los barcos.
La mujer neozelandesa se resistió y se introdujo en el
furgón acompañando a su marido del que de ninguna manera pensaba separase. Una
policía con cara de enterradora se encogió de hombros y la observó con desdén.
Yo miré a la furgoneta blindada y miré al barco que se
quedaba solo fondeado. Decidí en un instante fortuito de miradas cruzadas,
acercarme con la neumática y recoger el móvil. Me dio el tiempo justo de
deslizarlo en el coche antes de que cerraran la puerta.
– ¿Dónde los llevan?
– No se preocupe. Estarán bien
.
Por la ventanilla el patrón inglés me gritó: Dile a mi mujer
que estoy bien. Está sola con dos niños pequeños.
El día transcurrió con toda la lentitud que tienen los días
cuando no sabes que sucede y no quieres que suceda o deseas que pase cualquier
cosa para saber qué pasa. Se nos prohibió bajar a tierra. Yo alternaba los prismáticos
con saludos a la pobre británica que me sonreía con un bebe entre los brazos y
otro de corta edad aferrado a sus rodillas. Me llegaban mensajes escuetos.
Estamos en comisaria. Retenidos. Nos van a juzgar. Esperamos el abogado. Faltan
los traductores. Estamos con dos albaneses detenidos en la frontera. Nos
trasladan a Dubrovnik. Se demora. Hace falta que esté libre un juzgado.  Nos declaran culpables, ¿A qué no te lo imaginabas?.
Los llantos de los niños ingleses me despertaban de la
monotonía y veía la cara desencajada de la pobre mujer que ya no sabía qué
hacer para entretenerlos. Fue ya bien entrada la noche cuando recibí un
“volvemos”. Y allí estuve, cuando aparcó el furgón y dejo salir a los
convictos, cabizbajos, hambrientos y sedientos, con sus correspondientes multas
en las manos para hacer efectivas al día siguiente. Sumando la sanción, los
abogados, los gastos de juicio y los traductores, el resultado era una bonita
cantidad a abonar si queríamos salir de allí.
Cuando fui al banco por la mañana coincidí con la pareja
neozelandesa. Les deseé un buen viaje y él amargamente respondió:
– Quiero olvidarme de esto cuanto antes. Nunca me había
sentido tratado de esa manera; solo había fondeado, después de hacer la salida
del país, para tensar la correa del alternador con calma. Me sentí como el
ganado. No nos ofrecieron de comer ni de beber en todo el día, ni nos dirigían la palabra. El feliz viaje
empezará cuando me aleje de aquí.
Es tremendo como una circunstancia así puede dar al traste
con la imagen de un país sorprendente como Croacia. Yo intenté que no me
llevaran los prejuicios y seguir disfrutando de la estancia. Pero la verdad, el
regusto amargo te queda siempre.

Mucho tiempo después, estando amarrados en un puerto oí
comentar a un barco vecino una historia similar que había sufrido en sus carnes
uno de ellos. Y posteriormente leí en una revista náutica testimonios de
diversos patrones que habían pasado por igual trago. Así que la conclusión es
que alguien le había tomado el gusto a la caza y se apostaban en la
frontera para ver picar a las perdices. 
Share: