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Viajes

Pan y piedras del Mani

Por 13 noviembre, 2013 Etiquetas: , Comentar (12 Comentarios)
Cuando volvemos del Egeo, rumbo al Jónico, por el sur, siempre nos damos de bruces con el Tenaros, en la infancia conocido como cabo Matapan; que ya de por sí viste, porque matar un pan parece la peor de las fechorías. Pero además es onomatopéyico, algo así tal que sentir precipitarse a las rocas en el mar ¡Rataplán! La zona más meridional del continente europeo, la zona más profunda del mar Mediterráneo, la zona más rara de Grecia. Solo hay que mirar al Taigeto, la cordillera que es la falange de este dedo central del Peloponeso, un monstruo pétreo, un ejército montañoso que se desliza para desplomarse en el mar profundo ¡Rataplán! Aquí está la entrada del Hades. Yo nunca la busqué.No he navegado todo el apéndice del Tenáros, porque no tiene buenos puertos para un barco y lo único decente es Porto Kayo; de caille, codorniz, nombre que le dieron los franceses, que llaman las cosas como ellos quieren; debido a las numerosas bandadas de estas aves que aquí se congregan antes de partir hacia el sur para pasar el invierno. También llamaron Morea a toda la patria de Pélope; cuando todo el mundo sabía que se llamaba Peloponeso. En los tiempos clásicos, esta tierra no era muy diferente del resto de Grecia, el contraste vino después, cuando cayó el imperio romano y después el bizantino; cuando llegaron los otomanos. Las oleadas sucesivas de refugiados expulsados por unos u otros, generaron una lucha por el poder y control de áreas de alguna riqueza, en un territorio algo desolado. Su nombre, Mani, posiblemente proceda de “la mano” italiana, pues en esta extravagante parte del mundo cortaban las manos antes de ejecutar a los criminales.  A esta tierra extraña de piedra desnuda y estéril, donde ni el polvo se pega a los caminos,  vinieron a parar muchos exiliados, entre ellos los descendientes de espartanos y las familias de los últimos emperadores bizantinos. Tras la conquista franca de Grecia, Mani era una oligarquía feudal de poderosas familias que luchaban unas contra otras , o bien juntas contra los recién llegados y donde una afrenta al clan se debía vengar necesariamente, no importaba que generación consiguiese realizar el desquite, ni siquiera de si se acordaban de cuál era el motivo de su vendetta.

De las primeras veces que arribé a Porto Kayo conservo unos dibujos míos de torres grises con pájaros negros; murciélagos o vampiros. Hay que aclarar que mis devaneos pictóricos son algo parecido a Gozilla con un plumier; pero me sirven para recordar cosas importantes; torres y vampiros. Y de hecho di en el clavo.

Las torres son notables y singulares; esa forma de construcción ortogonal que sale directamente de las rocas grises de la montaña te advierten de que estás en otro mundo, que el Mani no es parecido a nada de lo que has visto en Grecia. Las llamadas torres Nyclianas se construyeron como elemento de defensa y ataque sobre familias rivales; surgían con cada oleada de refugiados, que venían a disputar lo poco que había, y crecían durante los periodos de tregua, ascendiendo por el aire, también para demostrar el prestigio familiar, pero solo se habitaban en periodos de contiendas. La mimetización de las torres con el paisaje produce un efecto tan curioso que a veces cuesta distinguir un pueblo; como en Mezapo, donde hace ya algunos años pasamos de largo pues no lo veíamos a la distancia. Y al revés también sucede que las rocas se agrupan tan densamente que engañan, con pueblos inexistentes.

Quizás sean estos espejismos los que hacen tener creencias esotéricas y escatológicas, o quizás sea la cercanía del respiradero del Hades, el caso es que los maniotas son supersticiosos. Dicen que en verano los fantasmas vagan por los caminos por el día y en invierno durante la noche; clamando venganza. También hablan de brujas, demonios, nereidas, górgonas y la importancia profética de los sueños. De hecho hay gente que cree en los vampiros. Yo misma, con solo mirar a esas torres me imagino el castillo de Bram Stroker y al su conde reptando por las paredes.

Esta punta de Europa, aficionada a la piratería, con su sociedad feudal, con su vida espartana, no ha producido grandes obras literarias ni musicales, pero si un tipo de canción popular muy especial: los Mirologia, canciones para los muertos, de los que ya hablé en otra entrada; un género surgido espontáneamente que se transmite por tradición oral desde la noche de los tiempos.

Sitio raro y tenebroso, con un carácter tozudo e independiente, este del Mani; fue aquí donde se gestó el movimiento de independencia contra el imperio Otomano; pero con un atractivo tan especial que ha generado numerosos libros de viajeros fascinados, de los que el más conocido es el de Patrick Leigh Fermor, “Viajes por el sur del Peloponeso”; lectura inexcusable si se quiere conocer la zona. En verano son numerosos los turistas que se acercan a Kardamili para ver la casa del escritor.

Muchas lecturas, así como habladurías griegas, describen a los maniotas como desconfiados con el extranjero, pero con un gran corazón para el que realmente lo necesita. Una de las veces que fondeamos en Porto Kayo, nos habíamos quedado sin pan, nos acercamos a una taberna y le pedimos al dueño si nos podía vender algo. Nos dio una hogaza exquisita y crujiente, cuando le quise pagar me respondió que no se puede cobrar por el pan a un navegante hambriento, mientras hacia un gesto con la mano sobre el pecho.
Esta vez volvimos a las andadas y llegamos al Mani con solo unos pocos mendrugos. Me acerqué a la misma taberna, que ahora regentaba el hijo, mientras el padre veía la televisión. Nos cobró dos euros por un pan más duro que las cumbres del Taigeto.

 

 

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La montaña mágica. Samotracia.

Por 12 octubre, 2013 Etiquetas: , , Comentar (13 Comentarios)
A muchos sitios nos traen los libros, los mitos y los mapas que acariciamos hasta dejarlos pringosos. El contorno de esta isla no dejaba lugar a dudas de que no era un lugar para un velero; aunque el barco sea la única manera de acceder a ella; no tiene ni la más pequeña bahía, ni siquiera un mínimo repliegue de la costa donde encontrar un abrigo. A Samotracia solo arrumbas porque quieres llegar a Samotracia y ni eso está claro que significa. Porque tú, donde llegas en realidad es a una montaña de 1600 metros dejada caer sobre el mar, imponente y magnifica. Todo lo demás que la rodea es completamente accesorio y circunstancial, incluidos nosotros.

Tan solo el  dique se extiende como un brazo amigo que intenta rodearte para que no sufras y advertirte que esta isla tiene algo de humanidad. Y sí que la tiene, porque cuando doblas y te adentras, la amabilidad es patente. Unos pescadores que reparaban unas grandes redes nos hicieron hueco y nos indicaron el mejor sitio para amarrar dentro del caos sin dirección que era la pequeña dársena; se les veía gustosos de dirigir la maniobra y darnos consejos.

Se me coló a la primera ese puerto que no era resplandeciente, ni feo, ni bonito, ni impresionante, ni indiferente, ni  bullicioso ante la salida del ferry, ni tranquilo después, pero que tenía aquel monte, que encima se llama Φεγγάρη, montaña Luna, oscuro y silencioso del que decían haber servido de palco para que Poseidón contemplara la guerra de Troya. Esa montaña tenía un pathos y un poder que poco después pude constatar.

La Jora no está muy lejos, se puede pasear hasta ella. Es una Jora norteña, de calles empedradas, con tejados rojos  y grandes porchadas de madera que protegen de la lluvia y permiten mirar al mar en invierno; de hecho la mayoría de los cafés tenían unas vistas soberbias desde terrazas y galerías acristaladas. En uno de estas bares los hombres jugaban al Tabli. Un espectador desilusionado por la partida que contemplaba se metió dentro, cogió un buzuqui y se arrancó con una melodía rebética muy oriental. No logré entender gran cosa de la letra, pues como buen rebéte la cantaba al punto del desafine y con carraspeo. Nadie dijo ni mu, como acostumbrados a estos espontáneos; él  volvió a dejar el instrumento y retornó a su ronda por la trasera de los contrincantes con las manos en la espalda. Costó arrancarme a mí de esa terraza.

Samotracia era famosa por sus misterios, competencia de los de Eleusis, en Atenas; pero la iniciación a estos secretos mistéricos es mucho más oscura que en el caso del Atica. Los dioses de la isla, los Cábiros, son en sí tan confusos como sus ritos; no se aclaran los historiadores si eran dos o cuatro, dioses o diosas, padres o hijos; de hecho el santuario que se puede visitar en Samotracia se le llama el de “los grandes dioses”, sin especificar ni comprometerse. No se descarta que hubiera sacrificios humanos, pues los Cábiros parece ser que proceden de deidades muy ancestrales y sanguinarias. Durante las ceremonias, los iniciados, mediante drogas o simple éxtasis podían ver a la vez lo próximo, lo de la Tierra Madre y lo ultraterreno, lo del cielo. Y el que no se lo crea que venga y lo vea. El Fengari tiene fuerza telúrica suficiente como para exhalar enigmas por todas sus crestas.

Había leído en una guía un comentario que me había hecho gracia. Decía que en esta isla aparecen mayoritariamente dos tipos de turistas: unos con flores en el pelo y otros con sombrero de doctor Livingstone. Era la pura verdad y tenía toda lógica que este lugar atrajera a jóvenes místicos con rastas y pantalones vaporosos de colores, por un lado y a interesados en la historia y la arqueología por el otro. A los hippies los encuentras nada más llegar, paseando los caminos con sus enormes mochilas; los exploradores están todos corriendo enajenados  por las montañas o dando vueltas al santuario de los grandes dioses. Creo que queda muy ilustrativa una anécdota que nos sucedió en dicho santuario y que narro a continuación.

El recinto arqueológico de Samotracia es uno de los más bellos de Grecia, el mar tan cercano como telón de fondo y la montaña detrás, cómo no, te preparan para la sesión de serenidad meditativa que producen estos lugares; siempre y cuando las hordas de autobuses, guías y cámaras, te dejen concentrarte. Ese día no había muchos visitantes y  se podía pasear en silencio, oyendo solo la luminosidad del día, el aire de tus pulmones o el crujir de la hierba bajo tus pies.

Una pareja de chavales con macutos se habían sentado bajo las columnas del templo y se disponían a comer unos bocadillos y un trozo de sandía. Molestaba un poco su presencia en una de las zonas más espectaculares de las ruinas y tampoco creo que fuera el sitio para que te cayeran gotas de grasa o zumo de sandía. En cualquier otra parte del mundo hubiera aparecido un guarda con silbato, pero esto es Grecia; por estas cosas la apreciamos. Dejamos pasar el tiempo dando vueltas a ver si se iban, pero no fue así ni tras varias vueltas ni tras dos horas de espera; ahora se liaban unos cigarrillos. Un tipo cargado con una cámara descomunal y un bloc de notas daba patadas y juraba en arameo, al verme señalar con enojo a la pareja se sintió arropado y se envalentonó a grito pelado:

– ¿Cuánto tiempo tenéis pensado estar en ese mismo sitio? Está prohibido.

El dúo no fue muy veloz, pero a regañadientes dejaron el templo vacío. El sujeto de la cámara dio un alarido de placer y comenzó a disparar desde todos los ángulos y enfoques posibles como si hubiera enloquecido, gemía de gozo. Allí quedó y allí seguía cuando nos fuimos, mientras su paciente compañera espantaba moscas en una sombra.

Para conocer Samotracia hay que andar, pedalear, o todo lo más alquilarte una moto; un coche te privaría de notar el poderoso influjo de la montaña, cada vez que te acercas a ella; aunque solo te adentres  un kilómetro, notas su aliento helado que te hace estremecer y sacar la chaqueta; el mar tan cercano y tan soleado te parece extraño desde aquí. El paisaje se transforma para dar lugar a ríos y cascadas de aguas oscuras cayendo sobre el granito redondeado. Los bosques de plátanos, sabiéndose ya en otoño dejaban volar sus hojas poniéndolo todo perdido de rosas, naranjas y ocres sobre la piedra gris.

La costa sur es la amable, una concesión de los Cábiros a que habitaran mortales capaces de adorarles; una planicie se extiende hasta el mar permitiendo cultivos y granjas. La carretera que bordea por el norte, por el contrario, está prendida como un hilván sobre la falda de la montaña; todo un atrevimiento humano al que ella responde con eructos de piedras que rebotan en el asfalto y caen al agua. Las playas de esta costa no son más que vómitos indigestos de rocas grises y verdosas que el mar y el meltemi se encargan de moler y redondear.

El viaje por esta parte es algo parecido a una “road movie”; siento el término hollywoodiense pero es el que mejor ilustra las aventuras y la sucesión de historias que empiezan y acaban en una carretera. El entorno es a tramos desértico, con el pavimento como una línea suave e interminable que te lleva al infinito; el mar te sigue, sin abandonarte, te  da la tranquilidad de que todo lo que ves es real y que las cabras no son los feroces  Cábiros si no las locas lecheras de siempre.

Otras veces atravesamos bosques umbríos y fríos donde enormes bestias negras de rabos enroscados gruñían buscando bellotas. Yo intenté hacer una foto ¡Ay de mi pobre mortal! Una de las criaturas, apretando sus mayúsculos y tersos jamones, emprendió la carrera hacia nosotros, con el hocico plano y desafiante. Salimos despavoridos.

Y cuando el camino llega al final te encuentras de sopetón en el fin del mundo; en una playa inmensa y desolada de detritus montañosos con  los acantilados extra plomados detrás. Ya está claro por qué la carretera no da toda la vuelta y que es imposible ningún atajo para ir al otro lado. El que atraviese estas rocas que pierda toda esperanza, parecen decir  las águilas que se lanzaban en picado por sus paredes.

Yo bebí de todas las fuentes del camino porque tenía la certeza que estas aguas frescas y amargas contenían el poder de hacerte más sabio. Creo que algo de cierto puede haber, pues a esos sitios vienes por la historia y la literatura que cayeron en tus manos; pero sales con una lista interminable de cosas por leer.

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Tasos y los bárbaros

Por 8 octubre, 2013 Etiquetas: , , Comentar (10 Comentarios)
No me gustó la mirada de esos viejitos sentados bajo el plátano en un banco. No me gustó y me preguntaba que hacían allí en vez de estar en un café o paseando por la orilla mirando al agua y charlando. Si algo tienen estas islas es una bondadosa vejez, ya te conocen en todos lados, ya te sirven el café como te gusta sin preguntar, ya puedes despotricar a voz en grito sobre lo que te venga en gana sin que nadie piense más allá de “ya está Mijalis con su murga”. Pero la verdad es que desde donde estaban se veía poca cosa; el mar a duras penas.

En Tasos todavía es posible admirar el muelle de lo que fue un espléndido puerto de mármol. En sus épocas gloriosas de minas y comercio de metales preciados, dicen que incluido el fondo de la dársena era también de esa codiciada piedra; siempre he pensado que para incordio de los capitanes que quisieran echar el ancla, la notaría deslizarse con desespero por su superficie pulida y blanca, acordándose mucho del diseñador del momento. La verdad es que esas naves ligeras fácilmente se varaban en la playa. Ahora incluso, el varadero sigue en el mismo sitio; un privilegio histórico. Y detrás, entre frías casas modernas de hormigón paleto, los restos de la antigua ciudad y su teatro; destruidos, claro. No importa, lo nuevo y lo viejo pueden convivir sin molestarse, o molestándose solo un poco. La isla esmeralda, como la han llamado algunos a los que les gusta calificarlo todo, es una montaña cubierta enteramente de pinos mayúsculos que dan sombra a los caminos y a las fuentes; el resto, playas de arena sobre un mar tranquilo alrededor. ¿Qué más se puede pedir para ser una encantadora de viajeros?

Pero los abuelos bajo el árbol no podían ver nada de eso, se lo tapaban los toldos, las mesas llenas de botes de Ketchup y los anuncios de Happy hours  y combinados diabólicos ¡Más de 200 tipos de cócteles!
La primera noche que pasamos nos costó encontrar una bahía agradable, todas sembradas de hamacas y bares estridentes, dejaban poco descanso visual y al final, la elegida, no fue lo esperado, con el chunda chunda y los bramidos que venían de un hotel cercano. Es posible que fuera una cosa anecdótica, mañana, ese puerto de mármol nos tenía reservadas las delicias de esta isla hermosa de la que todos contaban maravillas.

Pero nada más llegar, los viejos. Y antes, lo nunca visto, ninguno de los tripulantes de los barcos vecinos vino a esperar nuestras amarras, solo nos miraron desde sus bañeras. Y después, paseando por el esperado puerto,  a todo el que preguntábamos por la calle era hosco y desagradable. ¿Ha habido una guerra nuclear? Es imposible que de Limnos a aquí haya cambiado el mundo. El pueblo nos exhaló una bocanada de amargura que nos dejó helados.

Tasos es la más septentrional de Grecia y comunicada con el continente por Kavala, ya muy cerca de la frontera con Bulgaria. Esta proximidad y la facilidad de acceder a bebidas alcohólicas relativamente baratas la ha puesto de moda entre turistas de poco presupuesto y mucha sed;  por desgracia Tasos les ha dado lo que pedían: playas cubiertas de tumbonas de colores que impiden el acceso al que no esté dispuesto a utilizarlas, tan pegadas las unas a las otras que distinguen a la playa como la verde, la naranja o la azul; músicas atronadoras de ritmos patateros,  destellos de luces y promesas de juergas perpetuas; los tour operadores se encargan del resto. Lamentablemente familiar.

La historia de este país es una sucesión de invasiones; romanos, persas, bárbaros, otomanos;  los hubo brutos y devastadores que destruyeron todo a su paso, o ilustrados y sensibles que se quedaban sorprendidos por lo que veían y simplemente lo tomaban y lo copiaban. Entre los  invadidos hubo resistentes numantinos, pero también los que se entregaban sin batalla y con indolencia. El país  que hoy conocemos, es el resultado de estas oleadas ocupadoras y de otros tantos actos heroicos por no dejarse aniquilar. Pero ahora la invasión más contaminante, el turismo; esa que busca lo mismo que tenía en su casa pero en allí en lejos y remoto, ya sea Bali o Cancún; acecha todo lo que sea distinto para correr un manto nivelador y convertirlo en un uniforme. Es dañino y devastador. Cuando te quieres enterar ya no encuentras ni la plaza, ni el café; a duras penas la puerta de tu casa. Entonces te entra la amargura y culpas al extranjero que te pregunta y saluda, pero ya es tarde.

– En la isla de al lado dicen que sus habitantes se han levantado en armas para que se prohibiera un festival de música técno.

– Pues vamos allí ¿Como se llama?

– Samotracia.

Beach bar sobre el antiguo varadero del puerto de Tasos

Me vino a la memoria un sugerente poema de Kavafis: “Esperando a los bárbaros”

¿Qué esperamos reunidos en el ágora?


Es que hoy llegan los bárbaros.


¿Por qué el Senado está inactivo?  ¿Qué pasa que los Senadores no legislan?


Porque hoy llegan los bárbaros. ¿Qué leyes pueden hacer ya los Senadores? Los bárbaros legislarán cuando lleguen.


¿Por qué nuestro emperador se levantó tan temprano  y está sentado en la puerta principal de la ciudad,  solemne en su trono, luciendo la corona?


Porque hoy llegan los bárbaros. Y el emperador espera recibir a su jefe. Hasta ha preparado un pergamino para entregarle. Allí ha consignado muchos títulos y nombres.


¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron hoy con sus rojas togas bordadas?  ¿Por qué llevan brazaletes con tantas amatistas,  y anillos con espléndidas y brillantes esmeraldas,  por qué empuñan hoy preciosos bastones  magníficamente recamados de oro y plata?


Porque hoy llegan los bárbaros, y esas cosas deslumbran a los bárbaros.


¿Por qué los ilustres oradores no vienen como siempre  a echar sus discursos, a decir sus cosas?


Porque hoy llegan los bárbaros, y a ellos les fastidian la elocuencia y las arengas.


Por qué comienza de pronto esta inquietud  y confusión. (Qué serios se han vuelto los rostros.)  ¿Por qué se vacían rápidamente las calles y plazas  y todos vuelven a sus casas muy pensativos?


Porque anocheció y los bárbaros no han llegado. Y algunos que han venido de las fronteras  dijeron que ya no hay bárbaros.


Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.  Esos hombres eran alguna solución.

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El capitán pobrecillo. Agios Stratios

Por 28 septiembre, 2013 Etiquetas: , , Comentar (20 Comentarios)
Sabíamos que Agios Stratios tenía mal puerto, o dicho de otra forma, no tenía puerto ninguno para pasar una noche confortable, pero las veces que habíamos pasado por su cercanía, el embrujo de las islas pequeñas, tan remotas, y que se puso encendida, roja de pura vergüenza, cuando cayó el sol en el mar; le daba un espíritu tan cálido, que nos lanzó una invitación a recorrerla. Ya imaginábamos los aromas de sus caminos polvorientos y los paseos acompañados de arañas, moscas y avispas que nos ofrecerían esas piedras coloradas para llegar a sitios inimaginables. Llegamos ya de noche.

El puerto es verdaderamente minúsculo y un antiguo ferry desvencijado ocupaba la mayor parte del muelle decente; la ola daba la vuelta al malecón y se adentraba hasta la playa. Dos barcos más espabilados, que habían llegado antes, se habían abarloado y solo nos dejaban espacio para amarrarnos con ancla de popa al muelle. La previsión era que rolara al sur por la noche, de lo contrario estábamos perdidos; los vecinos amarrados de costado pegaban unos tremendos socollazos, nosotros, atravesados a la ola podíamos esperar una noche inolvidable si aquello no cambiaba.

El pueblo es tan pequeño que lo recorres en nada, pero como estaba oscuro esperé que la luz del día me diera más pistas para componer un relato. A lo único que aspirábamos en esa primera ojeada era tomarle el pulso y que nos vendieran pan.

– Mañana por la tarde.

Mira que es raro una isla en Grecia sin pan ¿Será que lo traen con el  Ferry? Pues no será este, mira que bollos tiene, sí, el pobre está para el arrastre y además es muy pequeño ¿Qué tendrá 30 metros? Algo así. Pues mira que de manga; parece un  flautín. No, este debe estar criando malvas. Se llama Aeolis ¡Pobre Aeolis abandonado! ¡Pobre su capitán cuando lo vea! Porque a los barcos se les quiere, aunque sean esmirriados cómo Aeolis ¡A esos más! Como a los hijos tontos.
Andábamos con la chunga y las bromas cuando un vecino nos alertó de que el tal Aeolis salía a las 6 y media de la mañana y que igual le molestábamos. ¡Vaya con Aeolis! Nos fuimos a constatar con su tripulación si realmente le estorbábamos y como no veíamos a nadie subimos a bordo por la rampa de popa. El barco era tan pequeño por dentro como por fuera, a lo sumo podría llevar 4 coches y 30 personas. Pero volvería cargado de pan.

– ¡Uy! aquí huele como a pintura.

Nuestros pies se quedaron pegados a su cubierta; habíamos entrado mirando hacia arriba, hacia el puente, sin percatarnos que en medio de tanta chapa oxidada relucía un sendero verde brillante y que las brochas y los botes descansaban a un costado, recién dejados, recién acabado, recién pintado. La fortuna quiso que no dejamos huellas delatoras y pusimos pies en polvorosa hacia nuestro barco; ese que desde lejos veíamos balancear ostensiblemente ¡La madre que nos parió!

No pasó ni una hora hasta que vino un simpático chaval a decirnos que sí, que molestábamos la salida del ferry, tanto nosotros como nuestros vecinos y que a las 6 y cuarto, todo lo más, debíamos salir. Perdonar la molestia, pero luego volvéis a amarrar y tan ricamente os quedáis hasta las 5 que vuelve Aeolis otra vez; esta sí cargado de pan; y nuevamente debéis salir y entrar. Y que conste que lo sentimos pero… ¿Todo de vuestro gusto? Sí, sí, claro. Ya los vasos y los platos corrían por la mesa de un lado a otro.

El viento roló y amainó como esperábamos, pero fue entonces cuando empezó lo peor, nos caímos de la litera varias veces y vimos pasar las horas, una tras otra, hasta la salida de Aeolis. Nuestros vecinos, siempre más espabilados, se piraron sobre las 5. La verdad es que era mejor navegar en medio de la noche que sobrevivir en el puerto. Se desvanecían mis  esperanzas de isla sonrosada, los paseos, los caminos, las playas, los manantiales de agua caliente.

En este país de caos organizado, las deficiencias se suplen con buena voluntad y las cosas funcionan dando por descontado la colaboración de todos. Es necesario que tú seas un καλό παιδί  (buen chico)  y por tanto tienes que tener un καλή καρδιά  (buen corazón). Pero no todo el mundo es igual y yo me preguntaba ¿Qué pasaría si los yates remoloneaban en la cama y se retrasaban? ¿Y si un imprevisto impedía desamarrar a alguien? ¿Qué haría el capitán? ¡Pobrecillo capitán! Que desespero, con sus pasajeros en cubierta ¿Y cuando volvía a las 5 y los propietarios de los veleros deambulaban todavía por las playas?  ¿Tendría que esperar en la bocana? ¡Pobrecillo! ¿Y qué me dices de los temporales de invierno? ¿Y las averías de aquel viejo cascajo repintado? Ah, el capitán del Aeolis era  un héroe, con gotas de sangre de legendarios argonautas corriendo por sus venas, que llevaba el pan a su isla, a los enfermos al médico y a algún funcionario a su trabajo.
Me acordé de una noticia aparecida en la prensa sobre la retirada de subvenciones al transporte marítimo, en Grecia, a islas poco habitadas, dada la situación económica del país. Que melopea cogí pensando en el destino de Aeolis. Y que rabia de que se pudiera llegar a deshabitar esta isla colorada.

A las 6:30,  encendió sus luces y salió como un reloj. No vi más que a cuatro gatos en su cubierta, literal, porque algún minino de los que se cobijaban en sus entresijos por la noche, concretamente el más pasmao, podía realizar, con toda probabilidad,  un viaje imprevisto a los cubos de basura de Mirina, en Limnos y de paso a mejorar la raza con cruces interinsulares.

Seguimos rumbos paralelos un rato, luego Aeolis se perdió entre los dedos de rosa.

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