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Viajes

Las dos caras de Skyros

Por 24 septiembre, 2013 Etiquetas: , , Comentar (8 Comentarios)
Islas, Islas. Islas como Skyros que te perturban, que te “roban el alma y la estremecen del mismo modo que el viento de las montañas azota, golpea sobre las encinas ululando” como dijo Safo; te dejan patidifuso y enamorado como a un tonto adolescente. No siempre es amor a primera vista si no que requiere de segundas y sucesivas visiones para que caiga el rayo cegador, la flecha venenosa que te convertirá en adorador embelesado.

Si de algo adolecemos los navegantes con frecuencia, es de la falta de curiosidad por todo aquello que suceda más allá de 1 kilómetro del puerto. Arribar, amarrar y zarpar al día siguiente. Ese viento favorable, ese tiempo escaso, la impaciencia, la codicia de ver cuanto más mejor y sentir que lo has conquistado. Pero en Grecia, en una isla, solo puedes decir que has estado después de un tiempo, después de aburrirte o de enamorarte.

Skyros, aunque administrativamente pertenezca a las Esporadas del Norte, bien podría ser una Cíclada; tienen en común el meltémi furioso del verano  que deja el ambiente limpio,  la tierra vacía y la Jora blanca prendida a la montaña. Pero enseguida adviertes que Skyros es más serena y sosegada que sus primas del sur.
A las señoras de las Joras de las Cícladas y de gran parte del Egeo les encanta darle al pincel para colorear un poco esa blancura cegadora. Pintan rejas y ventanas, cúpulas y terrazas, pintan sus chimeneas, sus macetas, los árboles y las piedras; hasta algún perro dormido y despistado podría ser objeto de la brocha de una kiría (señora) entusiasmada. Pintan preferentemente de azul, pero también hay rojos y verdes. Skyros, sin embargo es más sencilla y discreta; una guapa muchacha que odia el maquillaje; los colores de esta isla, a parte del blanco, son ocres, azules pálido y amarillos discretos; dejan que el mar y el cielo coloreen el resto. Es tranquila, silenciosa y brillante;  sus habitantes sonrientes, amables, dan la impresión de vivir en una Arcadia feliz.

La parte norte de la isla está habitada; aunque eso es mucho exagerar;  allí se encuentra la Jora, el puerto, las ermitas al borde del mar y los establos de caballos enanos, descendientes de una raza que trajo Alejandro Magno. Vi tantos que pregunté:

– ¿Para que los utilizáis? ¿Para carne?

Yo solo esperaba una respuesta negativa pero él me miró horrorizado ¡Qué salvajada! solo de pensar en comerse a esos dulces caballitos.

– Los utilizamos para abonar la faba.

La faba es una legumbre y también un plato famoso del Egeo, un puré que se sirve con aceite y limón. No es una especialidad que me entusiasme, pero algo tan delicado como para que crezca mejor con cacas de caballo enano, preferentemente a las de vaca o cordero, no es algo que se pueda desdeñar, así que habría que probarlo.

– También es muy sabrosa aquí la cabra salvaje al horno.

No entendimos muy bien esa peculiaridad de sus cabras, porque las cabras de Grecia siempre son salvajes, agrias, άγρια; suelen vivir en los riscos con toda libertad. Pero eso fue antes de entrar en la parte salvaje, agria, deshabitada, de la isla.

Ya caía el sol, esa hora estupenda, cuando nos adentramos por la carretera que llevaba a la parte salvaje, el Limniares, la tierra de Ares, o por decirlo de otro modo Marte; nada más descriptivo. El paisaje cambió de improviso como si hubiéramos atravesado un espejo y aparecimos en una tierra extraña y petrificada, con unos árboles minúsculos que se inclinaban hacia el sur. Unas esculturas grandes hechas de rocas brutas, enormes y casi imposibles de imaginar el ponerlas en pie sin una grúa, aparecían de trecho en trecho dándole un aspecto extraterrestre;  claro, estábamos en Marte. Juraría que las piedras cambiaban de lugar cuando cerraba los ojos.

– Yo diría que esa gris y pequeña antes estaba allí.

Entre piedras móviles y bonsáis de encina, las miradas verticales y amarillas de miles de cabras nos observaban, ejércitos de cabras locas triscando sobre los diminutos árboles que no veían la forma de crecer, saltaban sin descanso. Las ovejas, más tontas ellas, se apartaban en estampida cuando pasábamos por la carretera para luego volver a inundar el asfalto. Si me hubieran dicho que estaba en el pleistoceno no lo habría dudado.

La carretera seguía y subía y subía; las águilas daban vueltas sobre los rebaños de Ares y los conejos de Marte. El tiempo se detuvo, cobró una dimensión elástica, de ida y vuelta. Se acabó el mundo, se acabó el tic tac; ese imbécil implacable, el tiempo, no parecía importar en esta parte del universo. No hubiéramos pestañeado al ver aparecer a un dios, o a Alejandro con sus caballitos, o al infortunado Teseo, o Aquiles disfrazado. O incluso al ver el futuro.

El aroma es difícil de recordar, porque olía a espliego y a encina, a animales y estiércol; pero también olía a piedra y tierra antigua; olían los rayos de sol horizontales y los arboles esmirriados. En  aquella tarde prodigiosa olía todo.

Una tortuga grande intentaba cruzar la calzada cuando llegamos, con el sol todavía sobre el horizonte y se escondió ante nuestras miradas. Ya anocheciendo, al iniciar la vuelta, la volvimos a encontrar al otro lado, exhausta y contenta de haberlo conseguido. Quizás mañana emprendería el camino de vuelta. Tenía todo el tiempo del mundo.

– Pues tendríais que verlo con luna llena.

Este tío es un veneno ¡Yo lo mato! Ahora ya solo tengo ganas de volver a Skyros con luna llena.

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Petríes. Evia

Por 19 septiembre, 2013 Etiquetas: , , Comentar (15 Comentarios)
– ¿Os gusta Petríes?

Yo me quedé mirando fijamente y le hubiera contestado un “a mí me gustas tú”, pero podría malinterpretarse, porque yo lo que quería decir es que justamente me gustaba que me preguntara si me gustaba su pueblo, su Petríes. La simpatía y a dulzura con la que pronunció su interrogante no era para menos; ella y su duda  lo más atrayente.  Era una pregunta humilde del que quiere agradar pero a la vez orgullosa de las maravillas naturales de su tierra. Era más un intento de saber ¿Qué se os ha perdido por aquí? ¿Qué os ha traído a este puerto sin fama? A la vez que cerciorarse de eso de que “si es que como esta playa no hay nada, a ver si se van enterando por ahí”.

Lo que nos hizo venir aquí fue que era una escala cómoda para seguir subiendo hacia el norte; y tal vez, quizás, poder llegar a Samotracia. Samotracia es para mí como la Itaca de Kavafis, la que me da el gran viaje, sin ella no hubiera partido, sin ella no me empecinaría en subir hacia el norte; pero llevamos luchando contra el meltemi o entreteniéndonos por el camino más de  20 años  sin avistarla. Aunque el culpable fundamental de la recalada se llama Ramiro; el amigo enfermo de Grecia, como yo ¡Ay pobre!  Que tantas veces habla de este sitio y con tanto cariño que no podía pasar de largo.

Petríes es un magnífico “puerto a su bola”, es decir lleno de pesqueros y sin concesiones a los barcos de recreo. Ya me va gustando esto. De hecho nos fondeamos fuera por miedo a enganchar alguna cadena de sus muertos. Los barcos entran y salen sin descanso e incluso hay un par de arrastreros medianitos. Practicaban una modalidad curiosa de pesca; con serviola; uno al timón y otro a otear el que se yo, el gran ser, el Kraken,  a la proa. Así salían y así entraban miles de veces dando vueltas por la playa; al atardecer y en calma, se veían sus estelas cruzarse y hacer volutas en el agua violeta.

Se oyeron salir berridos y lamentos de una barquita roja con un padre y con un hijo.

– Papaaaa, vámonos a casa

– Aún no, espera un poco; coge ahora tú el timón. Mira, así.

– No quiero coger el timón, buaaaaa, quiero irme a casaaaaa.

Todavía lo martirizó un rato más, refunfuñando y quejándose  de la extraña maldición que había caído sobre su hijo ¿Por qué no le gustaba salir a pescar? Si es lo más bonito del mundo. Podía ser como esos niños que, en la playa, con gafas y aletas, estaban calando un trasmallo mientras chillaban cuando se acercaba un pez, pero no, a él le había tocado el raro  ¿Dónde está ese gen de la obsesión por la captura que todo griego lleva como dominante en sus cromosomas? ¿Acaso llegaría a ser mayor y no miraría al agua, buscando y buscando, cuando paseara por el puerto? ¡Qué disgusto! ¿Qué pensarían los vecinos?

– Mañana más-  Le sentenció. El chaval se calló y se sorbió los mocos; pasó la pesadilla por el momento.

No estuvimos más que un día en Petríes; soplaba un buen sur para subir hacia el norte y se esperaba un buen norte que nos dejaría atascados. Samotracia nos miraba a lo lejos. No tuve tiempo de paseos ni tabernas. Pero sí que me dio para  visitar sus grandes almacenes, donde se exhibían los últimos modelos de las  grandes firmas.

Se me olvidó buscar los probadores.

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En busca del sabor perdido. Las Espóradas del norte.

Por 17 septiembre, 2013 Etiquetas: , , , Comentar (10 Comentarios)

No teníamos muchos deseos de volver a las Espóradas del norte porque estuvimos en ellas cuando solo eran unas islas anónimas; antes, mucho antes de que se hicieran famosas por una película y todo el mundo las descubriera de golpe. Pero teníamos un compromiso; eufemismo por trabajo; y estábamos resignados a tragarnos el Mama Mía que hiciera falta.Cuando las conocimos, era casi imposible encontrar un sitio en los puertos, pues estaba todo repleto de barquitas de pesca y debías pedirles por favor que te hicieran un hueco. Me acuerdo de llegar a Patitiri, el puerto de Alónisos, y tener que colocarnos cerca del ferry en la entrada. Todavía no había aparecido la primavera  pero no hacía mucho frío. Estábamos sentados en la bañera del barco contemplando la tarde cuando se acercó a saludar el marinero que vigilaba el Ferry por la noche. Lo de siempre: ¿Bandera España? Sí, yo barco grande, conozco en Malaga, La Coruña, Cadiz. La cantinela de la generación que se embarcó para no pasar hambre. Con su poco español y nuestro peor griego de entonces, le invitamos a tomar un café y una copita, acompañado por una pastilla de chocolate para endulzar. No sé de qué chorradas hablaríamos, pero las horas pasaron volando; cuando ya se nos gastaron todos los dires y diretes se despidió, se metió la pastilla de chocolate en el bolsillo y nos dijo:

– Gracia, muchas gracias por la “parea”.

Es decir gracias por la charla, la pizca de amistad, las noticias de fuera, la compañía, el café, los recuerdos de mis viajes, el entretenimiento, el tiempo que habéis gastado conmigo. Todo eso quería decir esa frase escueta de ese hombre solitario que se iba; eso sí, con nuestro chocolate en el bolsillo. Me empezaron a gustar estos griegos; con desparpajo, pero a la vez sensibles de valorar las cosas simples.

De las Espóradas también recuerdo sus calamares; siempre he sido una obsesa de estos moluscos, mi comida favorita desde la infancia, cuando mi madre me preguntaba:

-¿Qué quieres que prepare para tu cumpleaños?

– Calamares en su tinta.

El recuerdo de aquellos trocitos aromáticos y ennegrecidos es algo que se pierde en la niebla cerebral, porque aunque mi madre los sigue cocinando de la misma forma, los animales no son los mismos ahora, ni saben lo mismo, ni tienen la misma textura,  ni las aletas donde deben. Pero para mi sorpresa, todo un mundo de imágenes evocadoras explotó en mi boca al probar un ejemplar de las Espóradas cuando llegamos aquel lejano año. Fritos o a la plancha despedían un perfume que hacía volutas con mis recuerdos. En concreto había un sitio, en Stení Vala, un pequeño puerto de Alónisos, donde valía la pena ir solo para comer calamares; te servían el platazo y se acababa de golpe el olor a pinos y aliagas. Ahora, venía dispuesta a comer calamares hasta que me diera un cólico miserere.

Las islas no han cambiado mucho, afortunadamente, pero sí que algunas, como Skiathos, se han vaciado de contenido para dar cabida a los turistas; nunca lo entenderé; las barquitas han desaparecido para que amarren los yates y es imposible encontrar una panadería o una tienda en lo que originariamente fue el pueblo, las han trasladado al extrarradio y el bonito casco de callejas estrechas solo alberga habitaciones de alquiler, tiendas de ropa, suvenires, heladerías y restaurantes. Bastante desolado fuera de temporada. Todo es Mama mía: batidos, pizzas, excursiones, restaurantes y hasta en el cine local, un cartel anunciaba el pase tres veces por semana. Lo curioso es que la mayor parte de la comedia musical no está rodada aquí, si no en el Pelión; pero eso no importa al turista que reserva un viaje desde Estocolmo, mientras se graba las canciones de Abba en el Ipod.
También hay cosas positivas, todo hay que decirlo, como la recuperación del antiguo pueblo de Alónisos, antes abandonado en la montaña, que ahora tiene quien lo cuida y lo habita.

Tuvimos esta vez un tiempo infame y si de algo adolece este archipiélago es de buenos puertos para pasar el mal viento, el malo de verdad, ese que sopla con fuerza de temporal cada vez de una dirección; en todos los sitios nos movíamos como pulgas en una coctelera. Salíamos pitando de una noche incómoda, entre aguaceros, para ir a parar a otra noche de pesadilla. Yo en todos los sitios pedía calamares. Nada.

Perdí la esperanza, a base de empacharme a buñuelos refritos sin sabor; y lo peor, perdí la fe. Sumida en un mar de dudas barajé la posibilidad de darme a otros cultos de peces o crustáceos, pero cuando te entra la desgana y el desinterés ya es tarde; me convertí en atea y me resigné a un mundo triste de sabores uniformes; ya fuera pollo, huevo o calamar; de comidas distinguibles solo por su color. El mundo “burguer”, sin dioses ni héroes cefalópodos.

Fue particularmente desagradable la noche que pasamos en Patitiri esta vez, donde no pudimos bajar ni  para dar una vuelta, los barcos íbamos y veníamos como peonzas y al vecino estuvo punto de saltarle el molinete por los aires por no ponerle a la cadena un seguro con cabo. Cada vez que el barco salía lanzado con la ola se tensaban las amarras y nos quedábamos vibrando y resonando como la tripa de un tambor. Habíamos dado una amarra de cabo acolchado en un costado y no una de las trenzadas; podrá parecer una chorrada pero al cambiarla, el barco dejo de pegar socollazos bruscos y comenzó  un ir y venir acompasado,gracias a la elasticidad de la trenza; cuestan un potosí, pero en estos momentos agradeces
haberte gastado el dinero y constatas que una amarra buena es un cabo especial y no una
ganga o cualquier escota vieja  que ahorre dos duros.

En el momento que amainó un poco la lluvia y aprovechando el viento del norte decidimos partir hacia el sur, a buscar mejores temperaturas. Antes de irnos, al hacer la compra, nos acercamos a un pesquero que se había abarloado al muelle a descargar y en el que los marineros vendían el rancho que les tocaba como parte de la paga. Tenían pescadito pequeño con muy buen aspecto, pero la posibilidad de freír a bordo con el tiempo que hacía no era algo a contemplar. Cuando ya nos íbamos, me hizo una seña con la mano para que esperara, se fue a buscar en uno de sus cubos y me enseñó un calamar; un hermoso ejemplar de piel de reflejos morados y rojizos, con unos ojazos penetrantes y brillantes de lluvia ¡con las aletas en la punta como un flecha de Eros!

Salimos de allí con cerca de dos kilos de calamares por una miseria. Me puse a limpiarlos enseguida y según los abría y les separaba sus tintas tersas y enteras me entró el perfume de la revelación. Y cuando los eché en la cazuela los reconocí de inmediato; volví a creer, me convertí de nuevo, recuperé mi fe y mi devoción.

Dejamos una traza de olor por todo el puerto y un lamento de los gatos congregados frente a la pasarela al soltar las amarras.

 

 

 

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El estrecho de Kafireá

Por 16 septiembre, 2013 Etiquetas: , Comentar (11 Comentarios)
Me gusta el vacío, el lienzo uniforme y sin matices de estas montañas ocres, la singularidad de algún árbol y el borrón de su sombra reconocible a lo lejos; me parece tan precioso este paisaje sin sobresaltos que no he hecho más que mirar desde que hemos llegado. Debe ser el contraste con la frondosidad y verdura del Jónico, pero siempre que llego al Egeo me deleito observando estas rocas desiertas que cambian de colores con el  paso del sol. Vinimos huyendo de la vorágine de Poros y sus masas humanas y por qué no decirlo, de algún amargo episodio; sin graves consecuencias; en la capitanía.

– ¿Por qué no tiene sello de Itaca? ¿No es el puerto de procedencia?

– Pues porque en Itaca no sellan el tránsit log.

-¿Quién ha dicho eso? Me va a tener que hacer una declaración jurada de que eso es cierto.

 Jurada y en griego pensamos a la vez. Si fuera una capitanía marítima española ya se hubiera caldeado el ambiente, pero aquí simplemente tragamos saliva y disimulamos los sudores fríos. En tantos años que llevo en este país pocas veces he tenido problemas con las autoridades marítimas; aquí son militares, pero cuando toca, toca. Tocó. Fueron tensas horas de idas y venidas con papeles y pamplinas, intentando hablar lo imprescindible para no meter la pata por ningún lado. Y cuando ya estábamos resignados a todo, debió pasar una mosca, una ráfaga de aire puro, una descarga por su cerebro plano y desierto; cerró la carpeta de un golpe y dijo:

– Vamos a dejarlo.

Esta vez la bala nos rozó la sien y salimos aliviados, pero con un sabor ácido. Nos fuimos rápido, muy rápido, y pusimos  rumbo a lejos, muy lejos.

– Donde no haya nadie.

– Donde no haya nada.

– Vale.

Fuimos a parar a un golfo  del estrecho de Kafireá, Stenó Kafireá, lugar mítico y tenebroso; de los tenebrosos de toda la vida;  pero el tiempo era bonancible y era lo más lejos muy lejos y nadie, sin nadie a lo que podíamos aspirar.

El estrecho de Kafirea es uno de los lugares más duros para la navegación en toda Grecia. Situado entre Evia y Andros, apenas distantes 6 millas, hace de embudo a los vientos y los acelera; los temporales de norte son constantes en invierno y en verano. La corriente suele ser de 2 o 3 nudos en dirección sur, llegando hasta 7 nudos en los grandes temporales. En invierno es frecuente ver mercantes fondeados en el golfo de Káristos, al sur de Evia, esperando que calme; con corriente y viento en contra es penoso, hasta para ellos, remontar; además la mar que levantan viento y corriente suele ser confusa y peligrosa.

Esta ensenada y estos montes pelados son balsámicos, te abren los pulmones y te permite respirar; la propia tierra se tomó un tiempo para meditar y relajarse y le salieron estas lomas amarillas en una feliz ocurrencia. El barco, fondeado, sin más conexión a tierra que su cadena representa un bastión inexpugnable;  y yo desde mi almena contemplo el entorno. El mundo empieza y acaba en unos pocos metros entre regala y regala; afuera quedan las noticias tristes, las guerras, los desastres financieros, los bochornos; estivales o políticos; los individuos cenizos que te pueden amargar la vida en un instante. Ni el Cíclope ni el feroz Poseidón subirán aquí si yo no los dejo. Me place esa desafección y el aislamiento que te proporciona un barco; no pertenecer a ningún país ni ser de territorio alguno. La pequeña república de mi nave.

Llegaron dos caiques de pesca con sus tripulaciones y también fondearon, tampoco bajaron a tierra; y en su pequeño mundo se hicieron la cena y mientras la hacían, discutieron a brazo partido sobre la actual situación y mientras discutían se fueron calmando y al calmarse cayeron rendidos y el silencio los envolvió a todos. Tan solo un hola, un agitar la mano y una sonrisa, pero luego cada uno a su planeta; el que empieza y acaba en una regala.

La sombra se lo fue tragando todo; ocres y árboles, caiques , playa, y el horizonte se llenó de luces; otros mundos iban y venían; mercantes hacia Estambul, desde Argel, del mar Negro; con individuos aislados del resto del universo en sus literas móviles y salones ambulantes ¿A dónde irán? ¿De qué nacionalidad son? ¿De qué estarán hablando? Y  nosotros trazábamos planes del viaje como los suyos; iríamos a donde sea con probables paradas en nosedonde; buen plan.

Mientras todo esto ocurría, arriba, tuvo lugar la noche.

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