No era un sitio bonito Kyparissia;  al menos visto desde el puerto, porque la
ciudad sube por la montaña hasta acabar en un castro y posiblemente la parte de
arriba debía tener mejor aspecto. Pero en la costa se había inclinado por el desarrollo
cochinista de apartamentos de playa de medio pelo y casas de semirricos y
medioenterados que gustan de la horterada y de la estridencia, solo por parecer
diferentes. Lo más sorprendente es que el puerto parecía abandonado, muy ajeno
a otros muelles griegos donde la gente acude al atardecer a dar paseos de ida y
vuelta, innumerables, mientras voltean el kombolori y discuten de las cosas más
diversas; del futbol y de la troika. Las dársenas y los paseos marítimos
siempre suelen ser lugares aseados, con cafés, kioscos, mazorcas asadas, globos
de colores y gran vocerío. En este, cuatro gatos vivían a sus anchas en los
contenedores y escampaban la basura por el varadero dejándolo todo sucio y
maloliente. Nosotros habíamos parado allí solo por una noche, como escala
técnica, cuando subíamos a Lefkada; de esto hace ya un año. Cuando a la mañana
siguiente me acerqué a comprar el pan a una pequeña tienda cercana al puerto,
la señora tendera, muy amable y charlatana, como con pena y asumiendo el pecado
de un sitio tan desastrado me dijo:
– ¿Ya os vais? ¿No subís al castro? No sabes lo que os
perdéis. Es un lugar precioso, con el pueblo viejo, con las fuentes, con el
Jónico entero que se ve tan azul que duelen los ojos. Y podréis vislumbrar
Pilos y Zankynthos.- Y dale que te pego con la cháchara, pasaba el tiempo y no
me dejaba irme; yo estaba encantada, tengo que reconocerlo; y ella se
entusiasmaba cada vez más con los asombros que aguardaban en Kyparissia y no
debíamos desaprovechar.-  Las mejores
puestas de sol que se puedan imaginar.
¡Ay, lo dijo! ¡Hλιοβασίλεμα!
Ahí me llegó al corazón. El griego, que tiene palabras tan gráficas como sus raíces,
las que se hunden en la profundidad de los tiempos, cuando no se sabía cómo
interpretar las cosas más comunes que se podían observar, me recordaba esta
joya; To ηλιοβασίλεμα, el ocaso,
el “reinado del sol”. Una palabra curiosa que elige la puesta del astro para
coronarlo, no precisamente cuando culmina en el cielo, a la mayor altura y pasa
por nuestro meridiano, que sería lo más lógico; es posible que intente hacer
patente la aureola de rojos y morados que deja el sol cuando se hunde en el
horizonte, o quizás a la hermosura de su despedida, digna de un rey. Pero en
todo caso es una descripción, con solo un término, insuperable.
– Tan bonitas son las puestas de sol en Kyparissia– Ella
seguía sin descanso- que hasta un gran poeta griego dejó escrito unos versos.- Frunció
el ceño y elevo los ojos al cielo como queriendo iluminarse.- Ah sí, ya me
acuerdo: ¡Kaváfis!
– ¿Kaváfis?
– Sí, él mismo, lo escribió cuando estuvo una temporada
viviendo y admirando los atardeceres sobre el mar.
Ha pasado un año y no he dejado de buscar el dichoso poema
del ilustre alejandrino. ¿Kaváfis en Kyparissia? O en Arcadia, como
antiguamente se le llamó también. Busqué por títulos, en la web, me leí hasta
el último libro que tenía a mi alcance. Nada de nada, no fui capaz de encontrar
el poema de Kavafis dedicado a ese pueblo tan bello con esas puestas de sol tan
espectaculares. Y con ese puerto tan feo. Así que como era de esperar volvimos
a Kyparissia en busca de esas estrofas perdidas del poeta, era ya cuestión de
honor.
La verdad es que cuando subes un poco la cuesta encuentras
una ciudad alegre y en plena ebullición, con una plaza grande y terrazas bajo
la sombra de imponentes árboles, con una zona de mercado y comercio donde la
gente se saluda feliz y se sienta en las mesas de cafés improvisados a
pontificar sobre el mundo; Grecia pura. Habían puesto una noria y a sus pies,
infinidad de puestos de suvlakis que generaban una densa nube negra y aromática
subiendo al compás de los carricoches de la atracción; entre los chillidos de
la chiquillería en lo alto y el humo que los envolvía a todos te dejaban la
sensación de ser almas purgando en el infierno. Todavía se hacía más grande el
misterio del puerto vacío; en cuanto enfilabas la cuesta que baja hasta el mar…
la nada.
Yo en todas partes preguntaba y todos se encogían de hombros
¿Kaváfis? Llegó un momento que abandoné la murga y decidí olvidarme del tema;
el viaje genera infinidad de pistas para seguir, eso está bien, aunque a veces
estas son falsas y hay que saber renunciar a tiempo. Pero nos paramos en una
librería a punto de cerrar, donde el librero, muy contento, ponía música a todo
volumen y exclamaba ¡Otra vez! cuando alguna canción era de su agrado. Así que
le pregunté. Y el preguntó ¿Kaváfis? Y yo le dije lo del Hλιοβασίλεμα.
– ¡Ah no! Ese no es Kaváfis si no Palamás. Vivió un tiempo
aquí en casa de su hermano.
Kostis Palamás es un poeta griego de principios del siglo
pasado que le dio letra al himno olímpico y fue uno de los defensores de la
implantación del griego demótico que se habla hoy en Grecia, frente al idioma
katharevusa, mucho más ilustrado y arcaico.
El librero corrió a una estantería y bajó un libro. Comenzó
a buscar con rapidez entre sus páginas y señaló con el dedo.
– Aquí esta.
No me quedó otra solución que comprar el libro; una obra de
gran interés que versaba sobre la creación de los diversos barrios de Kyparissia
a lo largo de los tiempos; ciento y pico hojas en griego y con pocas
ilustraciones. Y como no me había fijado en la página que señalaba el librero
he tenido que leerlo todo hasta llegar al poema de Palamás. Hoy ha llegado el
día señalado y por fin lo encontré, escondido entre sus líneas soporíferas, que
emoción. Pero no era una estrofa si no una frase:
En Kyparissia me encontré viviendo unos pocos meses con el
disfrute, cada ocaso, de las hermosas puestas de sol que me ofrecía y todavía
me veo en un jardín, es decir, en un trozo de tierra baldía, donde he
descubierto un granado en flor. Con el creé el poema “La flor del granado”
.
¿Eso era todo? Me entraron ganas de estrangular a alguien.
Pero visto de otra forma, solo me quedan dos cosas que
hacer: o buscar el poema de Palamás, o buscar en Kyparissia las fuentes que
describía el libro en cada uno de los barrios, con sus inscripciones y con sus
historias; menester para próximas visitas. Si sigo tirando del hilo seguro que llego hasta Kaváfis, si no es
que he llegado ya, pues fue precisamente él quien convirtió en credo lo de que
el viaje tiene que ser largo para que tus ojos se detengan en puertos que antes
ignoraban y que si cuando llegas al destino, lo encuentras pobre… pues eso, que
te compres cualquier libro que te abra la mente a nuevas aventuras.  O puede que nos sea más próximo lo de: “Caminante
no hay camino, se hace camino al andar”.
Kyparissia en una fotografía de wikipedia

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